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Del ser social al “homo œconomicus”
Una organización social fundamentada en la autarquía, aunque por lo regular no alcanza una dimensión societaria, puede coexistir pacíficamente con entramados basados en vínculos que emergen desde relaciones horizontales de simetría. La unidad familiar, con independencia de su composición interna, en forma natural se entrelaza bidireccionalmente con asociaciones comunitarias, las relaciones de parentesco y amistad se intersectan. Incluso la administración doméstica y la reciprocidad pueden convivir con una organización social basada en vínculos con la autoridad religiosa, militar o de otro tipo, que ejerzan las funciones de recolección y redistribución bajo esquemas de centralidad, a los cuales la adepción puede ser por convicción propia o incluso por la fuerza de la compulsión.
El mercado autorregulado, por el contrario, es una institución que opera en forma avasa- llante y arrasadora, ego conquiro: yo conquisto (imagen inicialmente acuñada y ampliamente utilizada por Dussel (En Lander, Comp., 2000, p. 9).
La lógica de funcionamiento del mercado que descansa “sobre los hombros” de la transacción impersonal, impera en busca de “destronar”, no de compartir y coexistir. A los agentes económicos que operan en el mercado les interesa que todo lo relativo a las relaciones sociales para el sustento humano (y más allá de éste) se transforme en mercancía, es decir, que todo cuanto acontece en la vida de las personas se realice por medio del intercambio mercantil de bienes y servicios transables con base en la fijación de precios expresados en términos monetarios.
La sociedad queda atrapada en una falsa dicotomía con la economía, advertencia de Max Weber (2014/1922). Y, no sólo eso, sino en un fragmento de la economía: el mercado, la disciplina que desde Adam Smith se enseña como economía, cuya tradición seguida por Ricar- do, hace gala de una economía que instala en el lenguaje al “homo œconomicus”, una aproxi- mación más específica del “homo sapiens” (nótese el marcado sesgo de la construcción mas- culina): el reduccionismo del sujeto humano a la racionalidad económica enmarcada en su pro- pio beneficio e interés. Los “tontos racionales”, le llama Sen (1967).
Persky (1995) señala que, en retrospectiva etnológica, esta frase adoptada en el contexto de la crítica a John Stuart Mill, se trata de una pieza central de la teoría de la elección o la ac- ción racional.
De ahí se deriva la versión más socorrida de la definición de economía sustentada por Lionel Robbins (1944/1932): asignación de recursos escasos frente a opciones diversas (se asignan en apoyo a las unidades productivas o se utilizan para salvaguardar a las personas de la preca- riedad). La tradicional competencia por los recursos entre los fines de la política económica y la subsidiaridad o complementariedad de la Política Social y otras políticas.
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