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Vale la pena recordar que Ray Kroc era un viajante modesto de comercio que recorría los Estados Unidos ofreciendo sus pro- ductos. Un día de esos, alrededor del año 1954, durante uno de sus múltiples viajes, Kroc se detuvo en un puesto de hamburguesas ca- liforniano que le llamó la atención. El lugar ostentaba dos arcos amarillos elevados y un letrero con el apellido McDonald’s. Kroc tomó nota de la pulcritud del establecimiento y de la eficiente ma- nera en que los hermanos McDonald’s atendían su negocio. Co- piando el modelo de la línea de montaje automovilístico que en su tiempo había perfeccionado Henry Ford, eran capaces de servir rá- pidamente a sus comensales. Kroc les propuso comprar el negocio y las sucursales, adquiriendo además todos sus derechos. Los her- manos aceptaron el trato y vendieron. El flamante dueño -con el tiempo Ray Kroc se convirtió en uno de los más destacados y po- derosos empresarios norteamericanos- percibió instintivamente que lo mejor para el éxito de su flamante inversión era mantener el ar- mado del local y el nombre McDonald’s, puesto que los hermanos ya eran conocidos en California por su calidad y eficiencia en el

