Page 13 - Edicion 812 EL Directorio
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aquella Habana loca de los años cuarenta. Corrían las primeras semanas de 1947 y Charles Lucky Luciano es- taba en la ciudad, donde había entrado de estrangis tras ser deportado a Italia desde EE UU al salir de la cárcel. Ya que no podía re- gresar a Nueva York, Lu- ciano quería manejar su negocio desde cerca y llegó a organizar en las navidades de 1946 un gran cónclave mafioso en el hotel Nacional de La Habana, al que acu- dieron representantes de las principales familias de Esta- dos Unidos, incluidos Vito Genovese, Albert Anastasia, Joe Bonano y Joe Profaci. “La discreción era vital, pero poco a poco Luciano fue co- giendo confianza y cometió un error”, cuenta el Guajiro. Una noche Luciano acudió a cenar al Roof Garden del Sevilla con su bella amante Beverly Paterno, con quien fue fotografiado durante el show que amenizaba la ve- lada, en el que solía actuar la vedette Rita Montaner. Otros dicen que fue saliendo del cabaré Sans Souci. Lo mismo da. La imagen, publi- cada en la prensa local, sir- vió de prueba al jefe del Buró Federal Antidrogas de Estados Unidos, Harry Ans- linger, para acreditar la pre- sencia del capo en la isla y pedir su expulsión.
“Fue un verdadero escán- dalo”, cuenta Héctor en su taller de Bejucal, un pueblo de tierra colorada y gente amable que antes era zona de vegas de tabaco y que queda a media hora de La Habana si uno pisa el acele- rador. En el garaje, que es a la vez carpintería y lo que haga falta, Héctor ha tenido varios automóviles nortea- mericanos, “más de 15”, asegura en un cálculo rá- pido, en el que incluye un
Chevrolet Bel Air del año cin- cuenta y siete que era un sueño. Sin embargo, el amor de su vida fue un Ford Thun- derbird descapotable del año 1956 que pintó de rojo y que alquilaba para bodas, cum- pleaños de quince y cual- quier otra actividad festiva que se pueda imaginar.
La historia del Thunderbird de Héctor es larga, dicen las malas lenguas que su pro- pietario fue alguien vincu- lado a Fulgencio Batista, pero lo cierto para él es que el coche se lo compró a un mecánico cacharrero que se lo entregó en pésimo estado y que después de su arreglo fue la envidia de todo Beju- cal y alrededores. “Nadie puede imaginar los inventos que había detrás de sus esti- lizadas líneas”, dice Héctor, con 50 años cumplidos. Al- gunos repuestos logró traer- los de Estados Unidos gracias a unas amistades. Otros tuvo que improvisarlos en Cuba, como los pistones, adaptados de un camión ZIL 130 ruso mientras que el sistema de frenos los sacó de un Mercedes.
Para Hector, el Thunder- bird, o T-Bird, es especial por muchos motivos. El Guajiro se sabe la historia del nacimiento de este coche de lujo de dos pla- zas de la Ford al dedillo. “Su nombre procede de la mitología indígena nortea- mericana. El pájaro, dueño del trueno, reinaba en el cielo y era el ayu- dante divino del hombre. Sus grandes alas, invisi- bles para los mortales, ori- ginaban los vientos, los rayos y los truenos, dando lugar a las lluvias y a las tormentas que proporcio- naban a los indios ameri- canos el agua para seguir viviendo en el desierto...
Igual que en Cuba”, bromea Héctor
Tan artista y virtuoso como él, o más aún, es su her- mano Elvis, dos años menor, que tiene otro Thunderbird del año 1957 abierto en canal en el garaje de su casa. Elvis le adaptó un motor de lancha rápida simi- lar a los que utilizan los con- trabandistas de personas de Miami para recoger a cuba- nos que se quieren marchar de la isla, por los que sus fa- miliares en Estados Unidos pagan fuertes sumas de di- nero. Algunas veces esos botes son capturados por los guardafronteras y cuando esas embarcaciones son desguazadas se venden sus partes. Elvis, que estudió in- geniería mecánica y electró- nica, desde hacía tiempo tenía la idea en la cabeza de probar uno de esos motores en su T-Bird, y cuando consi- guió la imponente máquina e hizo los primeros ajustes, el coche volaba. “Tenía tanta potencia que hubo que po-
Reportaje
nerle dos sacos de arena en el maletero para que no fuera a despegar”.
Hace algún tiempo Héctor vendió su Thunderbird por un precio de bastantes ceros a un cubano pudiente. Le dolió, pero se compró un Ca- dillac descapotable del año 1955, todo un lujo, en el que trabaja ahora en medio de la sempiterna sequía de piezas de repuesto. Como siempre, calcula su restauración en términos de “años”, de “in- ventos” y de “miles de dóla- res”, pero en eso en el Roof Garden del hotel Sevilla un turista norteamericano inte- rrumpe la conversación y le pregunta por una vieja histo- ria del hotel. Suena la bati- dora, que escupe espuma de daiquirí, y el Guajiro le habla de Mary Pickford, de Josephine Baker y de como una noche en ese mismo lugar se esfumó la suerte de Charles Lucky Luciano.
Edición 812 Del 28 de febrero al 7 de marzo del 2019
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