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Aceptación de los cambios
tuvieron mucha paciencia con respecto a mi fase de “falsa ilusión”, aunque yo no tuve tanta paciencia con los que decían que tenían problemas al vivir con un alcohólico sobrio. Dije: “¿Cómo pueden ser tan ingratos? Cualquier cosa es mejor que vivir con un borracho. Ellos están sobrios ¿no es así?” Mi Padrino me explicó que los miembros tenían derecho a expresarse y dar su opinión, estaban tra- tando de recuperarse diciendo la verdad, admitiendo sus dudas y tra- tando de superar sus decepciones. Aquellas mismas personas fueron las que me ayudaron cuando mi ilusión se desvaneció. Cansado de tener que decir “lo debido” a mi sobria pero susceptible esposa, le preguntaba a todo el mundo: “¿Cuánto tiempo va a tardar la recupe- ración de ella?” Hasta entonces empecé a comprender lo que todos habían tratado de decirme: en Al-Anon era donde mi recuperación iba a tener lugar.
Cambio de actitud: Creí que había perdido algo cuando mi mamá consiguió la sobriedad. Nunca me gustó ser la hija de una borra- cha, pero estaba acostumbrada. Las peleas, los gritos eran algo por lo cual preocuparme; aun sabiendo siempre que esperaba que yo hiciera todo el trabajo, eran cosas familiares con las cuales contaba. Nunca estaba aburrida; conocer el comportamiento de las personas alcohólicas parecía mejor que no saber cómo sería la sobriedad.
Empecé a sentirme mejor cuando acepté el hecho de que vivir con una alcohólica sobria tenía que ser diferente a vivir con una alcohó- lica activa. Nadie en Alateen podía garantizar que sería mejor, pero todos estaban de acuerdo en que sería diferente. Si deseaba una vida mejor, primero tendría que ajustarme al cambio.
Vive y deja vivir: Quería que mi esposa estuviera sobria. Sabía que era una persona buena, sensible, que tenía tanto que ofrecer ¡si tan sólo no bebiera! Había estado sobria por algún tiempo cuando, en una pelea, le grité “Sería mejor que bebieras, ¡sobria eres insopor- table!” Hablé con mi Padrino sobre la falta de disposición de ella para hacer lo que yo creía que era razonable. Claro, yo la quería sobria, pero la quería sobria a mi manera. Esta mujer nueva y franca no era la mujer tímida y dócil con la que me había casado. Cuando
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