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Ya se ha manifestado en el prólogo que todo ser humano se define por sus acciones, por lo que hizo, no se define a nadie vía recuerdos ni memorias; son las realizaciones las que valen. Y si de algo además vale la memoria (propia o ajena) es para fijar o cuanti- ficar cronológicamente la sumatoria de acciones -el conjunto de cosas hechas- que a la postre calificarán a cada individuo en fun- ción de los años que permanece con vida en este mundo.
El tiempo corre inexorable, el tiempo perdido no vuelve. Pero tal como lo demostró Albert Einstein, debe recordarse que el tiem- po es relativo y no absoluto, como parecía serlo en función de la mecánica gravitacional establecida por Isaac Newton tres siglos atrás. La hoy aceptada y probada teoría de la relatividad implica que lo fugaz para algunos puede ser muy largo para otros, que lo breve puede llegar a ser extenso o que lo extenso pasa rápidamente. Un minuto de tortura puede ser horriblemente largo y un minuto de felicidad pasa muy rápidamente; he ahí lo relativo del tiempo. Una

