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que pueden enriquecer la manera de anunciar,  concebir y vivir el  Evangelio»,
           Así, «la Iglesia, asumiendo los valores de las diversas culturas, se hace “sponsa
           ornata monilibus suis”, “la novia que se adorna con sus joyas” (cf. Is 61,10)»[92].
           117. Bien entendida, la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia. Es
           el Espíritu Santo, enviado por el Padre y el Hijo, quien transforma nuestros cora-
           zones  y  nos  hace  capaces  de  entrar  en  la  comunión  perfecta  de  la  Santísima
           Trinidad, donde todo encuentra su unidad. Él construye la comunión y la armo-
           nía del Pueblo de Dios. El mismo Espíritu Santo es la armonía, así como es el
           vínculo de amor entre el Padre y el Hijo. Él es quien suscita una múltiple y diver-
           sa riqueza de dones y al mismo tiempo construye una unidad que nunca es uni-
           formidad sino multiforme armonía que atrae. La evangelización reconoce gozo-
           samente estas múltiples riquezas que el Espíritu engendra en la Iglesia. No haría
           justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y
           monocorde. Si bien es verdad que algunas culturas han estado estrechamente
           ligadas a  la  predicación  del Evangelio y al  desarrollo de  un  pensamiento cris-
           tiano, el mensaje revelado no se identifica con ninguna de ellas y tiene un con-
           tenido transcultural. Por ello, en la evangelización de nuevas culturas o de cultu-
           ras que  no han acogido  la predicación  cristiana, no es indispensable imponer
           una determinada forma cultural, por más bella y antigua que sea, junto con la
           propuesta del Evangelio. El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje
           cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la pro-
           pia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor
           Todos somos discípulos misioneros
           119. En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza
           santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo
           por esta unción que lo hace infalible «in credendo». Esto significa que cuando
           cree no se equivoca, aunque no encuentre palabras para explicar su fe. El Espíri-
           tu lo guía en la verdad y lo conduce a la salvación. Como parte de su misterio de
           amor hacia la humanidad, Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de
           la  fe  —el  sensus  fidei—  que  los  ayuda  a  discernir  lo  que  viene  realmente  de
           Dios. La presencia del Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad
           con las realidades divinas y una sabiduría que permite captarlas intuitivamente,
           aunque no tengan el instrumental adecuado para expresarlas con precisión.
           120. En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha
           convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados,
           cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es
           un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangeli-
           zación llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea
           sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo


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