Page 303 - ANTOLOGÍA POÉTICA
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al ritmo incandescente de la vida.




                  II




                  Pero la luz  — si a veces se crece a ritmos insondables—

                  también alcanza la edad de hacerse sombra:


                  conoce el precipicio, su alta esfera de paloma negra,

                  conoce las estrellas y el beso acelerado de la noche.




                  Y algún día, cuando no sirvan mi cuerpo y mis palabras


                  para absorber la luz como una encina, cuando mi carne

                  huela más a ceniza que a perfume y se abran mis ojos


                  a un mármol que clame su epitafio, entonces, solo entonces,

                  haré valer en vosotros el peso de la luz, su estatura de arena,


                  la colmena de marzo temblando sobre el zócalo del alma.



                  Pero en  tanto,  ¡La luz! ¡La luz!


                                                                        ¡La luz al cabo!




                  Despertadme de nuevo en su latir temprano.

                  Reservadme su cuerpo, su tacto, su belleza,


                  su cristal interior, su flujo de emociones,

                  y guiadme en la eterna sustancia de su alquimia.




                  Porque ya hace años que vengo cantando a favor del viento:
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