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año tan lleno de conflictos, y el embajador Monasterio debió re- nunciar al cargo, naturalmente. Yo regresé a Bolivia unas semanas después, en febrero del año 1971, aunque lo cierto es que ocupé el escritorio que correspondía a mi rango en la Cancillería.
En total estuvimos junto al embajador y su querida familia alrededor de medio año, que fue de trabajo, de extrema ten- sión, pero también de amistad, de momentos de alegría, y cuando Osvaldo Monasterio mostró toda su generosidad y hombría de bien. La amistad que hizo don Osvaldo Monasterio con sus colaborado- res en Madrid fue intensa y perduró para siempre.
El padre de Osvaldo, Don Ernesto Monasterio Da Silva, no sólo tuvo importante actividad política en la época que le tocó vi- vir; también ocupó en su momento importantes posiciones en el Cuerpo Consular del país. Primero se hizo cargo del Consulado General de Bolivia en Barcelona (Cataluña, España) y luego ocupó la misma posición -Cónsul General- en el Consulado boliviano de

