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teriores, atravesamos por la zona vieja de Madrid, entonces por plena Plaza Mayor, en carrozas del siglo XVIII, con caballos bien enjaezados conducidos por cocheros con librea, tricornio y medias, pero, además, escoltados por un escuadrón de caballería del Regi- miento de la Guardia (la tradicional Guardia Mora), para ingresar al Palacio de Oriente por la plaza de la Armería, donde oímos los sones del himno nacional. El embajador nos presentó uno por uno a cada miembro de la misión, vestidos con riguroso frac, al jefe de Estado que lucía un uniforme blanco de la Marina de Guerra, ima- gino que por el verano. Luego el embajador Monasterio pasó a una sala adjunta, donde, con Franco acompañado por el canciller López Bravo, mantuvieron la entrevista que se estila en esas circunstan- cias.
Mientras tanto, la situación política boliviana mostraba un rostro inquietante, que seguíamos en la embajada, por algunas in- formaciones que llegaban vía fax, pero que eran oficiales porque procedían de la Cancillería, y otras noticias a través de la prensa


































































































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