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n anciano se levantó a danzar. Sus pasos eran lentos,
Upero llenos de historia. Bailaba por los que se habían
ido, por los que aún no habían nacido. Y en esos pasos, la
joven comprendió que la danza era también la memoria
viva de la tierra. El pueblo entero danzaba junto a ella. El
sol ponía colores de fuego en el cielo, y el río N’zadi parecía
imitar sus movimientos. Pueblo y naturaleza eran uno solo.
“Su danza no era solo suya. Era el latido de un pueblo que se
negaba a ser silenciado. Era esperanza, era memoria, era
vida. Era el río de la resistencia, que fluye para siempre.”

