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E   l río de la resistencia



                                  ada vez que los colonos querían imponer su autoridad,
                             Cse encontraban con una plaza llena de cuerpos bailan-
                              do al unísono. La danza no atacaba, pero desarmaba. La
                              danza ya no estaba solo en los pies: estaba en las sonrisas
                              de los ancianos, en la mirada luminosa de los niños, en la
                              dignidad de las mujeres y los hombres. La tierra misma
                              parecía respirar con ellos. La joven comprendió lo esencial:
                              ningún premio extranjero valía tanto como la riqueza de
                              su pueblo. Había viajado lejos, pero solo para confirmar lo
                              que siempre había tenido: un alma indestructible.
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