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LA DANZA DEL ALMA
ntonces cerró los ojos. Y allí estaban: los tambores
Einvisibles, el sol sobre su piel, el olor de la lluvia en la
tierra. Sintió a sus ancestros llamándola, y su cuerpo res-
pondió con toda la fuerza de Boma. Bailó como el N’zadi:
libre, poderoso. Sus brazos fueron alas, sus pies un trueno,
su cuerpo una historia viva. Narraba el dolor y la esperan-
za, la sombra y la luz. La sala entera parecía contener la
respiración. Su danza no era espectáculo. Era verdad. Era
el grito de un pueblo que había resistido. Era belleza sin
adornos, fuerza sin armas. Era la riqueza cultural de Boma,
hecha visible ante todos. Al terminar, hubo un silencio
profundo. Luego, los aplausos estallaron como tormenta.
La habían entendido. Aunque no compartían su lengua,
habían sentido su humanidad.

