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rimero fueron los niños, luego las mujeres, después
Plos hombres. Uno a uno comenzaron a bailar. No era
sumisión: era afirmación, era orgullo. Cada paso era un
acto de libertad.
Cuando los colonos llegaron, encontraron a un pueblo en-
tero danzando frente a ellos. No con violencia, sino con
fuerza invencible. Era un muro humano que no se podía
derribar. Los invasores no entendían cómo vencer aque-
llo. ¿Cómo castigar un movimiento? ¿Cómo encadenar un
sentimiento? La semilla de la libertad estaba ya plantada.
La historia de la niña que había bailado en tierras lejanas
se extendió como fuego. Gente de pueblos cercanos vino a
unirse. La danza ya no era solo de Boma, era un estandarte
que reunía corazones.

