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RASSINIER : La mentira de Ulises
18 millones de cadáveres en estos dos años y medio, cifra que, no se sabe por qué virtud de
las matemáticas, Tibère Krémer, su traductor ha reducido autoritariamente a 6 millones ( ).
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Y yo planteo esta nueva y doble cuestión: ¿qué interés podía haber en exagerar así el
grado del horror, y cuál ha sido el resultado de esta general manera de proceder?
Se me ha respondido que reduciendo las cosas a sus proporciones reales, en una teoría
universal de la represión, yo no tenía otro propósito que el de reducir al mínimo los crímenes
del nazismo.
Yo tengo otra respuesta preparada, y ahora ya no hay ninguna razón para no publicarla.
Antes de darla, quisiera someter todavía a la apreciación del lector un incidente significativo
acerca de la mentalídad de nuestra época.
Como lector de Les Temps Modernes, naturalmente también he participado a esta
revista las reflexiones que me había sugerido la publicidad que ella hacía al doctor Nyisz1i
Miklos.
La respuesta que he recibido de Merleau-Ponty es la siguiente:
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«Los historiadores tendrán que plantearse estas cuestiones. Pero en la actualidad esta manera
de examinar los testimonios tiene por resultado el sembrar la desconfianza sobre ellos, como si no
tuviesen la precisión que uno tendría derecho a esperar. Y como en el momento en que nos
encontramos la tendencia es más bien a olvidar los campos alemanes, esta exigencia de verdad
histórica rigurosa estimula una falsificación en masa consistente en admitir a grosso modo que el
nazismo es una fábula.»
Encontré sabrosa esta respuesta, y no me preocupé de responderle a Merleau-Ponty que
él se olvidaba de los campos rusos e incluso... ¡de los franceses!
Pues si es necesario admitir esta doctrina, y que la exigencia de una verdad histórica
rigurosa estimula ya una falsificación masiva en la actualidad, uno se pregunta con angustia a
qué monstruosidad corre el riesgo de llevarnos la falsificación en masa de ahora en el campo
de la historia. Basta solamente con imaginarse lo que pensarán los historiadores del futuro,
acerca del abominable proceso de Nuremberg, del cual ya es evidente que ha hecho retroceder
en dos mil años la evolución de la humanidad en el terreno cultural, es decir a la condena de
Vercingétorix por Julio César presentada como un crimen en todos los manuales de Historia.
Las relaciones que Merleau-Ponty, catedrático de filosofía, establece entre los efectos y
las causas, no parecen ser de un rigor excepcional, y esto prueba que limitándose cada uno a
su oficio, también en la filosofía ... . ¡las cosas estarían mejor hechasl
* * *
Además de mi tesis sobre la burocracia de los campos de concentración, cuyo
determinante papel en la sistematización del horror ya he señalado, el nuevo aspecto bajo el
cual presento las cámaras de gas ha banderilleado dolorosísimamente a los inventores de
truculencias sobre los campos de concentración. Ambas cosas están íntimamente ligadas y
esto explica todo.
Hay un cierto número de hechos, referentes a esta irritante cuestión, que no pueden
haber escapado en absoluto a las personas honradas.
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Primeramente, todos los testigos ( ) están de acuerdo en este hecho evidente que diez
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de ellos ( ), citados contra mí por el querellante ( ) han venido a confirmar en el Juzgado de
Bourg-en-Bresse: ningún deportado vivo – pido perdón a Merleau-Ponty que responde tan a la
ligera por el doctor Nyisz1i Miklos – ha podido ver
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He escrito al Dr. Nyisz1i Miklos para señalarle todas estas imposibilidades. É1 me ha respondido lo siguiente:
¡2.500.000 víctirnas! Sin más comentarios. Esta cifra que está más cerca de la verdad y que seguramente no
pueden explicar por sí solas las cámaras de gas, ya constituye una buena suma de horrores.
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Del proceso contra Paul Rassinier. (N. del T.)
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Entre ellos el profesor Richet, miembro de la Academia de Medicina.
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Dos testigos que habían ofrecido sus servicios a la acusación, no se han molestado en aparecer: Martin-
Chauffier y el inenarrable Rvdo. P. Riquet, predicador de Notre-Dame. El primero, del cual se comprende
fácilmente que le haya resultado embarazoso el venir a ocupar el sitio de los testigos y sostener públicamente el
lenguaje «tan seguro de su gramática» que tiene, limitó su papel, lejos del público, entre sus libros, a un telegrama
en el que reclamaba una despiadada condena. En cuanto al segundo, en una carta dirigida al tribunal, aseguró que
nosotros, Paraz y yo, éramos unos seres infames.
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