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el NOSTRE RACÓ
#1
Diego Cruz
Hay un lago dentro de cada cabeza. Un pequeño lago tranquilo dentro del lóbulo temporal. No aparece en las resonancias ni en los libros de medicina, pero el lago está ahí, en calma. Hay árboles y césped alrededor, un columpio en una rama, montañas y nubes a lo lejos. Todo en calma. Entonces alguien, quizá nuestra madre, una noche, antes de dormir, nos canta una canción. Sin darnos cuenta, mientras la escuchamos, vamos al pequeño lago, nos sentamos en la orilla y lanzamos una piedra, pequeña y redonda, para ver cómo las ondas que provoca en el agua se van dispersando por todo el lago hasta llegar a la otra orilla. Justo entonces una suave brisa mece el columpio. Ese momento ya se queda ahí para siempre.
Pasan los años y, con cada canción, hemos hecho el mismo viaje a nuestro pequeño lago. Así, sin darnos cuenta. Y es verdad que con algunas canciones el agua apenas se movió al tirar la piedra. Pero con otras se agitó, y la suave brisa se transformó en un viento que sacudió las ramas y el columpio. Qué misterio hay detrás de cada piedra, de cada canción, para que las ondas sean más o menos grandes: depende del preciso momento vital en que aquella canción se escuchó y a qué la relacionamos. Aunque otras veces no sigue esta regla. Sin duda, es un misterio. Porque la mente humana es un misterio.
Hace diez años, cuando empecé a participar de las actividades aquí, en Tres Magnolias, ya me di cuenta de una cosa, que puede sonar muy obvia pero no por ello menos cierta: la música nos conecta con el mundo, con lo que hemos sido y con lo que somos. Una canción, una melodía sin ni siquiera letra, nos transporta de golpe a un determinado momento de nuestra vida, a una época, a un instante, a una noche, a un día, feliz o triste, pero nos lleva hasta allí, de la mano, aunque nosotros no queramos.
“Esta canción me recuerda a mi marido. La he bailado mucho con él”.
“Esta canción la cantaba mi abuela cuando yo era una niña chica”.
Por poner un par de ejemplos de lo que dicen las abuelas cuando cantamos.
Ahora cantamos mientras acompaño con la guitarra.
“Hoy no tengo yo ganas de cantar”, me dice alguna. Pero al momento, cuando miro de reojo, ya se ha unido al grupo y canta como la que más. Coser y cantar, todo es empezar.
“A mí déjame, que me duelen las rodillas y no he pasado buena noche”. Al cabo de dos cancio- nes también se ha unido. El que canta su mal espanta.
“Pero es que tienen que llevarme al lavabo”. Pasamos tres cuartos de hora cantando y el lavabo sigue esperando.
La música nos une, nos humaniza. Ha sido y será siempre así, desde los siglos de los siglos. En definitiva y, como íbamos diciendo: hay un lago.
Hay un lago dentro de cada cabeza.
Y yo lo único que hago es repartir piedras, pequeñas y redondas.
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gener 2019

















































































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