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desde mi niñez a creer que la ira no era una cosa refinada, ni propia de una dama. En las reuniones afirmaba que la ira era algo extraño para mí. Nunca gritaba, nunca les pegaba a mis hijos con rabia. Nunca hacía nada de nada, sólo llorar. Mi esposo ya no bebía, asistía a las reuniones de AA, y yo lloraba, lloraba y lloraba. Alguien me dijo que pensara que mi depresión podría deberse a una ira reprimida. Estaba cansada de mis propias lágrimas, así que recé la Oración de la Serenidad cientos de veces al día, hasta que pude decir en voz alta “esto me da coraje”, y me desprendí emocionalmente de sus reaccio- nes a lo que yo decía. Qué alivio fue que se acabaran las lágrimas.
Ser franco: Había ocultado cosas a mi esposa cuando ella bebía y continué ocultando las cuentas, los juguetes rotos, y hasta las notas de nuestro hijo, cuando ella consiguió permanecer sobria. Simplemente no quería escuchar todo el riudo que ella hacía por las malas noticias; parecía que se enfadaba por los dos. No podía soportar tantos gritos. Aunque yo no le decía que ella me molestaba, llegué a darle a entender de forma más sutil que desaprobaba sus acciones. Olvidaba hacer las cosas cuando había dicho que las haría y llegaba a casa más tarde de lo que había dicho que llegaría. Por medio del programa, hice mi examen de conciencia y me di cuenta de que trataba de desquitarme calladamente. Mi remedio consistió en dejar que ambos mostráramos nuestro enfado cuando estuviéra- mos enojados y en tratar de expresarme francamente sin que impor- taran las consecuencias.
Aceptación: Creía estar practicando el programa al tratar de ser paciente. Ya no creo que la paciencia sea un remedio para suprimir la ira y el resentimiento. La paciencia procede de una actitud de aceptación y no de la represión de la ira. Tuve que dejar de negar mi ira y enfrentarme a ella para poder hacer algo al respecto. He escu- chado en Al-Anon que yo soy responsable de mis propias acciones y pensamientos, que las demás personas no me obligan a hacer lo que yo hago ni a pensar de la manera que pienso. Me he aceptado a mí mismo como soy y estoy empezando a aceptar cada día a las demás personas como son. Ahora tengo menos resentimientos.
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Resentimientos

