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Resentimientos
Ira disimulada: La conducta de mi hija cuando estaba sobria me ponía furiosa. Era más difícil de aceptar que sus ruidosos días de bebida. Correspondía a meses de sus silencios, frialdad, falta de inte- rés y depresión. No debí haber hecho su examen pero quería enten- der por qué se comportaba así, para dejarla y no alterarme por sus acciones. Su retraimiento me parecía lo más difícil de tratar. Quería provocar una pelea sólo para aclarar malentendidos. Los amigos de Al-Anon me ayudaron a tratar de quitármela de la imaginación y dejar de estudiar su comportamiento. Fue bueno para las dos que yo le dijera que estaba dispuesta a hablar si ella quería hacerlo, pero me abstuve de preguntarle cuál era su estado de ánimo. Todo lo que decía eran afirmaciones, hasta con respecto a las cosas sencillas: “El café está listo, si deseas un poco”. También me mantuve ocu- pada.
Desahogarse: Creo que existen maneras aceptables para que un adulto muestre su ira y, a menos que podamos enfrentarnos con mucha gente reunida, no es buena idea vociferar y enfurecerse en la calle. Trato de desahogarme antes de estar a punto de desear golpear a alguien o destrozarlo con palabras. También evito a la alcohólica sobria cuando creo que está de mal humor y a punto de realizar una acción violenta. Creo que no debo ser la víctima y, por otro lado, trato de no echarle más leña al fuego. Cuando siento que estoy per- diendo la paciencia me salgo del cuarto en mitad de la disputa, si tengo que hacerlo, llamo a mi Padrino o a alguien del programa. Me desahogo con cualquiera que pueda escucharme, hasta que mi ira más violenta haya pasado y esté en mejor posición de encontrar una alternativa para resolver mis problemas o librarme de mis frus- traciones.
Actuar, no reaccionar: No tengo que enfadarme sólo porque otro se enoje. No tengo que levantar la voz; una persona verdaderamente airada no va a escuchar de todas maneras lo que le conteste a gritos. Es ridículo pelear físicamente con alguien más grande, más fuerte
Después ella dijo que apreciaba el hecho de que yo no le regañara y me sentí contenta de haberme librado de la obsesión de su bienestar.
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