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en vez de esperar que alguien se encargue de ellos. Si hago un esfuerzo, puedo expresarme sin responsabilizar a los demás de mi estado de ánimo, y puedo decir la verdad sin ser cruel ni indiscreto.
Sin retribución: Usé el Décimo Paso como una guía diaria para redescubrir quién era y lo que deseaba que los demás supieran de mí. Era importante hacerle saber a las personas que amaba lo que estaba tratando de ser. Al-Anon me dio una nueva perspectiva, y quería tener la oportunidad de que me escucharan. Decidí hablar de la forma en que deseaba que me hablaran a mí, cortés y agrada- blemente. Era igualmente exigente conmigo mismo en la forma de escuchar, pacientemente, sin seleccionar palabras o frases para cap- tarlas de forma especial. Al principio rehusé discutir. Decía: “Creo que estoy exaltándome demasiado como para discutir esto contigo; trataremos de hacerlo más tarde.” Empezamos a decir cosas sin tener miedo a ser castigados de alguna forma por lo que pensamos.
Gestos y actitudes: Había oído hablar demasiado sobre la comuni- cación en las reuniones. Estaba segura de que nosotros no teníamos ninguna; pero si me hubieran preguntado, hubiera podido decirles exactamente lo que él estaba pensando. Lo podía ver en su rostro y decirlo por la forma en que se movían sus músculos posteriores y sentirlo en el silencio glacial que seguía a algo que yo hacía o decía. Yo misma tenía una serie de señales. Recuerdo una que le enfurecía de forma especial. Acostumbraba a poner mi mano en la típica señal de tráfico “pare”. Comprendí que estábamos elaborando un lenguaje mínimo y que estábamos a punto de llegar a los puños. En mis reuniones de Al-Anon no fue donde aprendí cómo hablar ni qué decir, pero lo que sí aprendí fue a hacerme una idea mejor de mí misma y a tener el valor de expresarme con palabras.
Silencio: Hablaba sin parar. Para conseguir algún tipo de reacción del ser querido sobrio, pero silencioso, traté todas las palabras que se me ocurrieron. Quería llegar a alguna parte del fuero interno de ese ser humano, y esperaba que hubiera un movimiento en su cabeza que me hiciera callar. Inevitablemente hablaba demasiado, y tenía que empe- zar a hablar otra vez de otro tema, en espera de alguna confirmación
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Comunicación


































































































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