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preguntó así alguien que tenía algo de que
arrepentirse. Recibió un gran silencio como
respuesta; repitió la
pregunta mientras hacia una señal con su
mano lo que hizo que los de la última fila que
habían llegado con él redujeran a los guardias
desprevenidos y trancaran la puerta principal,
seguidamente cuatro de ellos subieron al escenario
y amarraron al pastor a las famosas argollas del
promontorio brillante que hacía de
pulpito, seguidamente destruyeron su ropa,
dejándolo de rodillas y con el torso desnudo, entre
verdaderos sollozos y una mueca de estupor. El
viejo que encabezaba al grupo preguntó por tercera
vez y solicitó el arrepentimiento del pecador, pero
nadie emitió ni una sola palabra. Seguidamente,
abrieron la puerta e hicieron ingresar a una silla de
ruedas
visiblemente destrozada y con numerosas
manchas de sangre en el tapiz. Entonces el
anciano giró sobre sus talones y enfrentó a la
multitud expectante. Luego de una larga pausa,
conteniendo la pena y las lágrimas. Explicó que
estos hierros retorcidos son lo que queda de la silla
de su hijo, que fue atropellado por el orador la
semana pasada, cuando conducía al anochecer, su
camioneta 4x4 en total estado de ebriedad y
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