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lucía alrededor de su cuello un collar de dientes de
jabalí, blancos y relucientes. Cualquier situación
especial se la atribuían al Milagrero, aun cuando no
estuviese en las inmediaciones; con esto, cualquier
idea por más absurda que pareciera era
insignificante ante los pensamientos de Esteban,
que estaba totalmente convencido de sus poderes.
Ayer viernes, muy temprano, se dirigió junto a un
grupo numeroso donde se mezclaban fieles
admiradores, incrédulos y curiosos al encuentro de
las vías del ferrocarril, con una idea que lo acosaba
hasta ensueños, y ahora mostraría al mundo la
magnitud de su poder. Invadido por
su flamante ego, lucia su afamado collar y la
trenza colgaba lacia sobre la espalda, al momento
que el expreso de las diez cruzaba a gran
velocidad el puente, distante unos pocos metros
del lugar donde se encontraba Esteban, con el
firme propósito de detenerlo con la fuerza de su
poder, esbozo una sonrisa, puso los brazos en alto
y dio un salto al medio de las vías”. — FIN.
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