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Permanecí largas horas allí mientras ellos
realizaron sus labores.
Al atardecer, transite sus calles placenteras
observando con infinita curiosidad todos los
detalles de sus edificaciones.
Dos días después, rumbo a nuestro nuevo
destino, donde pudimos apreciar el amanecer. El
sol parecía emerger raspándose contra el borde
agreste de la duna, la cual armada con el filo de un
antiguo Saif o Nimcha lograba despellejarlo y
desprender de este, fulgores naranjas y oro que se
extendían generosamente sobre la arena hasta
llegar a nosotros tiñendo todo de luz.
En ese trayecto él fue explicándome de forma
amena sobre las tribus y de cómo todos en esa
región tenían los mismos orígenes, pude deducir
que todos los oriundos del Magreb y sus
descendencias son parientes, esto conllevaba a
que nosotros también y así me presento en el
futuro lo que me facilito mucho las cosas.
Esos viajes para su forma de razonar eran
como ir a visitar familiares distantes y además me
enseño todo lo referente a esas personas y a sus
costumbres tan antagónicas a las mías. Cuando
concluyó su monólogo dejo escapar de sus labios
como rememorando un adagio
— La sangre nos une, pero la fe nos separa.
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