Page 187 - Confesiones de un ganster economico
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frente a Ronald Reagan. En esto tuvieron mucho que ver el tratado del Canal
negociado con Ecuador y la situación en Irán, especialmente el caso de los rehenes
retenidos en la embajada estadounidense y el desastroso intento de rescate. Al mismo
tiempo estaba ocurriendo algo más sutil. Un presidente cuyo principal objetivo había
sido la paz mundial, y que se había empeñado en reducir la dependencia de Estados
Unidos con respecto al petróleo, estaba siendo reemplazado por un hombre
convencido de que el lugar que correspondía a Estados Unidos era la cúspide de una
pirámide mundial mantenida mediante el poder militar, y de que el control de los
yacimientos petrolíferos dondequiera que se hallasen formaba parte de nuestro
«Destino Manifiesto». Un presidente que había instalado paneles solares en los tejados
de la Casa Blanca estaba siendo reemplazado por otro que mandó desmontarlos tan
pronto como pasó a ocupar el despacho oval.
Cárter quizás fuera un político ineficaz, pero tenía una visión de su país coherente
con las definiciones de nuestra declaración de independencia. En retrospectiva, ahora
puede parecemos un político ingenuamente arcaico, una vuelta a los ideales que dieron
forma a la nación y llevaron a sus orillas a muchos de nuestros antepasados. En efecto,
fue una anomalía si lo comparamos con sus antecesores y sucesores más inmediatos.
Su filosofía no era compatible con el gangsterismo económico.
En cambio Reagan fue desde luego un constructor del imperio global y un sirviente
de la corporatocracia. En la época de su elección, ésta me pareció de lo más coherente
con su pasado de actor de Hollywood, de hombre acostumbrado a obedecer las
órdenes de los magnates, de quienes sabían cómo dirigir la película. Ese iba a ser su
rasgo más característico: estar al servicio de los que transitaban entre las direcciones
generales de las grandes empresas, los consejos de administración de la banca y los
pasillos gubernamentales. Al servicio de los que fingían servirle a él pero eran los
verdaderos amos del gobierno, hombres como el vicepresidente George H. W. Bush, el
secretario de Estado George Shultz, el secretario de Defensa Caspar Weinberger o
Richard Cheney, Richard Helms y Robert McNamara. El propugnaría todo cuanto
estos hombres quisieran: Estados Unidos dueño del mundo y de todos sus recursos, y
un mundo obediente a las órdenes de Estados Unidos. Unas fuerzas armadas que
impondrían la obediencia a las normas emanadas de Estados Unidos y unas
organizaciones del comercio internacional y de la banca mundial que apoyarían a
Estados Unidos como director general del imperio planetario.
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