Page 191 - Confesiones de un ganster economico
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Panamá: muere otro presidente
L a muerte de Roídos fue un duro golpe para mí. Pero quizá no debería haberlo sido.
Puesto que yo era cualquier cosa menos ingenuo y estaba al tanto de lo ocurrido
con Arbenz, Mosaddeq, Allende. Y con otros muchos cuyos nombres nunca
aparecerán en los periódicos ni en los libros de historia, pero cuyas vidas también
fueron destruidas y en ocasiones abreviadas por haberse enemistado con la
corporatocracia. Sin embargo, me sorprendió mucho. Era demasiado flagrante.
Yo creía, después de nuestro fenomenal éxito en Arabia Saudí, que la intervención
descarada era cosa de otros tiempos y que los chacales habían quedado relegados a los
zoológicos. Luego me di cuenta de que estaba equivocado. Sin duda la muerte de
Roídos no había sido un accidente. Tenía todos los rasgos de un atentado orquestado
por la CÍA. Si la ejecución fue tan flagrante, comprendía yo ahora, era porque se
deseaba enviar un mensaje. La nueva administración Reagan, con su imagen
hollywoodiense de vaqueros de gatillo fácil, iba a ser el vehículo ideal para transmitir
tal mensaje. Los chacales habían regresado y convenía que tomaran nota lo mismo
Ornar Torrijos como cualquier otro que sintiese _ veleidades de unirse a una cruzada
contra la corporatocracia.
Pero Torrijos no iba a echarse atrás. Al igual que Roídos, no se dejó intimidar. Él
también expulsó a los del Summer Institute of Linguistics y se negó en redondo a la
renegociación del tratado del Canal que le demandaba la administración Reagan.
Dos meses después de la muerte de Roídos, la pesadilla de Ornar Torrijos se vio
cumplida. Murió en un accidente de aviación. Era el 31 de julio de 1981.
La estupefacción recorrió Latinoamérica y el resto del mundo. Torrijos no había
sido ningún desconocido. Se le respetaba como el hombre que había forzado la
devolución del Canal a sus legítimos dueños, y que seguía manteniendo el tipo frente a
Ronald Reagan. Era el defensor de los derechos humanos, el jefe de Estado que abrió
las puertas a los refugiados de todo el espectro político sin exceptuar al sha de Irán, la
voz carismática
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