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Amistades: Muchas de nuestras amistades nos habían dejado de tratar a los dos por ser demasiado problemáticos. Ya no llegaban las invitaciones y, al principio, pensé que la sobriedad sólo empeoraba las cosas. En las escasas ocasiones en que nos invitaban yo bebía más de lo que quería. Avergonzado y turbado, creía que alguien debía beber para que no pareciéramos estar fuera de lugar, ya que ella no bebía. Una vez, ella insistió para que no bebiera y, aunque no quería, acepté. Después, establecí un conjunto de reglas sociales para mí: no tenía que beber, a menos que lo deseara, no tenía que dar excusas por ella, ni explicar por qué ella bebía o no; podía tam- bién disfrutar de la compañía de los no bebedores. Como vivíamos juntos, unidos tomábamos las decisiones con relación al licor que servíamos cuando empezábamos a dar fiestas, pero todavía tomaba mis propias decisiones en situaciones sociales. Hoy tenemos un nuevo grupo de amistades, más de las que jamás imaginé. Muchas de ellas son personas del programa, con mucho más que ofrecer de lo que jamás hubiera podido esperar.
Cambio: Recuerdo haber dicho que sería maravilloso si el alcohóli- co recuperado que forma parte de mi vida practicara verdaderamente el programa espiritual ofrecido en AA, viera la sobriedad como un nuevo comienzo, olvidara los viejos resentimientos, perdonara los errores, reconociera que yo también era víctima de la enfermedad del alcoholismo activo; me tratara constantemente con cortesía, bondad y paciencia; fuera siempre justo, generoso y cariñoso; tolerara la ira, la decepción, la ansiedad y el comportamiento caprichoso; evitara la autojustificación, la compasión de uno mismo, la crítica resentida; fuera espontáneo y honrado, y compartiera; mostrara aprecio por mi lealtad; se recuperara totalmente y más rápido. Me hubiese confor- mado con esto enseguida. ¡Qué lista más larga! ¿Y saben lo que mi Madrina me dijo? Dijo que sería maravilloso si todos pudiéramos ser igual a lo que, en nuestro concepto, quisiéramos que fueran los demás; que me vendría bien aceptar el reto de ocuparme de mi propia recuperación, antes de pasar más tiempo de mi valiosa vida deseando que el alcohólico se convierta en alguien con quien pudie- ra vivir felizmente o que al menos pudiera soportar.
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Aceptación de los cambios

