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mi creciente respeto de mí misma. Estaba sorprendida verdadera- mente por toda una nueva serie de temores al vivir con un alcohólico sobrio. Para superarlos, y buscar consuelo y apoyo, recurrí de nuevo a los lemas. Cuando me sorprendí a mí misma recurriendo de nuevo al viejo patrón del miedo, traté de hacer lo que tenía que hacer en el día. Con o sin sobriedad, tenía que tratar de vencer mi temor.
Hazlo con calma: Siempre estaba pensando: “Tiene que hacerse algo con respecto a esto”. Tan ansiosa estaba que siempre me levan- taba del asiento dando un salto. Me puse más frenética con la sobrie- dad. Parecía que en la familia yo era siempre la voluntaria. Hasta en las reuniones me ponía de pie. Una amiga me sugirió que evitando algunas presiones mi ansiedad disminuiría. Dijo que si podía encon- trar una forma de reducir la presión, podría reducir la tensión. Sabía que siempre trataba de hacer demasiado, pero no creía que podría mantenerme quieta. Su sugerencia fue que me quedara sentada en la silla y me mantuviese allí mientras me preguntaba a mí misma: “¿Debo hacer esto (cualquiera que fuese la actividad) ahora?” y “¿Debo ser yo quien lo haga?” En el tiempo que tardaba en hacerme estas preguntas podía ver si alguna otra persona quería ofrecerse como voluntaria. La primera oportunidad que tuve de practicar la moderación fue el día de Navidad. Los padres de mi esposo venían a cenar y, al volver la vista hacia la sala, que estaba completamente adornada con cintas y lazos, me esforcé por seguir sentada donde estaba. Mientras me hacía las dos preguntas sugeridas, se presentó mi esposo con mis dos niños. Dijo: “Muchachos, tenemos que hacer algo con todo esto. Será mejor que recojamos este cuarto”. Cuando les di las gracias por el gran trabajo, sonrieron alegremente.
Hazlo con calma, pero hazlo: Yo no era entusiasta. Era tranquilo y continué siendo tranquilo y observador durante la sobriedad. Tenía miedo de hacer cualquier cosa, temeroso de la crítica y de lo que pensarían los demás, especialmente mi madre que recientemente se había vuelto sobria. Siempre le decía a la gente que yo era bueno. Cuando ella bebía, pensaba que yo era un muchacho muy bueno y tranquilo. Creía que yo no necesitaba Alateen, pero mi padre
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