Page 181 - ¿Y si quedamos como amigos?
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             —Stacey —dije con suavidad. Lo que iba a hacer era un asco—. Lo siento mucho
          pero tengo que irme.
             Ella asintió como si ya se lo temiera.
             —¿Macallan?

             Stacey lo sabía. Todo el mundo lo sabía. Por eso nos preguntaban tan a menudo si
          estábamos juntos o bromeaban diciendo que parecíamos un viejo matrimonio. Todo el
          mundo  se  daba  cuenta;  sólo  nosotros  habíamos  sido  demasiado  necios  como  para
          aceptarlo.

             Abrí la boca para responder, pero no había palabras. ¿Cómo decirle a una chica que
          consideras fantástica que estás enamorado de otra?
             —No pasa nada —siguió hablando Stacey—. Hace tiempo que me lo espero.
             —No quiero que pienses que esto tiene algo que ver contigo —yo me sentía más

          culpable con cada palabra que pronunciaba.
             —Ya  lo  sé,  o  sea,  ¿en  serio,  Levi?  —sonrió—.  Todos  sabíamos  que  al  final
          acabarías con  Macallan.  Supongo que debería sentirme ofendida, pero, no sé, puede
          que haya leído demasiadas novelas románticas como para no alegrarme por la parejita

          feliz. Y, qué quieres que te diga, la pasamos bien. Has sido muy lindo conmigo.
             Se encogió de hombros.
             Aquel gesto demostraba lo poco que significaba nuestra relación para ninguno de los
          dos.

             —Voy a volver con… —señaló el grupo de amigos que bailaba en la pista—. Buena
          suerte.
             —Gracias.
             La iba a necesitar.

             Cojeé  hacia  la  salida  lamentando  no  poder  quitarme  la  férula  para  correr  más
          deprisa. El frío aire de febrero me azotó la cara y me di cuenta de que no tenía medio
          de transporte.  Llamé a  Macallan, pero no respondió.  Llamé a la casa de los  Dietz y
          tampoco hubo respuesta. No quería pedirle a mi mamá o a mi papá que me llevaran. Era

          un asunto demasiado personal.
             De repente, supe a quién podía llamar. La única persona que haría cuanto estuviera
          en su mano por ayudarme. Y lo haría con una sonrisa en el rostro.

          Tras recibir mi llamada, Adam tardó menos de diez minutos en llegar. No me frió a

          preguntas. Le pedí que fuera a buscarme y me preguntó dónde estaba.
             —Eh, Levi, ¿qué tal?
             Salió del coche para ayudarme a subir.
             —Genial. Muchísimas gracias, Adam.

             Se aseguró de que estuviera bien sentado antes de cerrar la puerta.


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