Page 52 - El libro de San Cipriano : libro completo de verdadera magia, o sea, tesoro del hechicero
P. 52
debió Moisés las maravillas que obró en Egipto: el paso del Mar
Rojo, la alimentación del pueblo hebreo por el desierto; por su
virtud pudo también hacer brotar agua de una peña, hablar sobre
el Monte Sinaí con el gran esoíritu de Dios, Alpha y Omcga de
las ciencias cabalísticas y, finalmente, vencer y someter a los pue-
blos aue hallaba a su paso.
El sabio rey Salomón fue. sin duda alguna, después de Moi-
sés, el que logró poseer más talismanes de gran poder y virtud y
a ellos debió indudablemente, el gran dominio que ejerció sobre
todo lo creado y su infinita sabiduría.
Usándose con fe, preservan de hechizos y sortilegios, lo cual
se debe a su misterioso poder, que ninqún maleficio puede destruir.
Por esto deberá ponerse especial cuidado en colocarlos sobre los
niños, tanto para preservarlos de influencias maléficas, cuanto,
para que ellos reciban, además, las virtudes y benignas influen-
cias del amuleto, que obrando sobre su infantil imaginación, les
sugiera cosas agradables, formando con ellos un carácter tranqui-
lo y bondadoso.
DEL MODO DE PREPARAR LOS AMULETOS
Para obtener buenos amuletos, es necesario conocer en pri-
mer lugar las diferentes maneras de fabricarlos.
Entre los árabes, la más usada es la que empleaba el sabio
Alaka Bajamet Alaja que vivía en la Meca. Este célebre mago
estaba constantemente al pie del altar de las ofrendas, sentado
sobre una alfombra, según la costumbre usada por ellos. Allí bajo
los auspicios y ayuda del gran sacerdote Mahometalit, escribía
y grababa los amuletos, los cuales formaba sobre un pedazo de
pergamino virgen, tomado de la piel de un corderillo blanco.
La tinta que él usaba en los dibujtos, era preparada con san-
gre que extraía de las venas de las vírgenes sacerdotistas, a la
que agregaba savia de plantas sagradas y tinta mineral. La tinta
mineral se hacía con una disolución de los siete metales que tie-
nen la influencia y representación de los siete planetas. Una vez
grabados y dibujados con los signos cabalísticos, se les perfuma-
ba y colocaba sobre el altar de los siete sacrificios: luego se do-
blaban en cuatro dobleces y se envolvían en un papel blanco que
contenía algunos versículos del Corán escritos en árabe. A esto
se agregaba una medalla, pasada antes por el fuego del sacrificio,
con signos cabalísticos y se colocaba todo sobre una pequeña bol-
sita de seda encarnada. Luego se perfumaba, con las plantas sa-
gradas y olorosas, destinadas al profeta.
— 50 —