Page 107 - Tratado sobre las almas errantes
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me levanté, abrí la puerta que estaba a tres metros de distancia y miré a ver si había alguien. Por
            supuesto no había nadie.

                   Hay que hacer notar que la puerta daba a un pasillo completamente vacío, sin lugar posible
            para esconderse. Además de que le hubiera sido imposible llegar al final del pasillo y salir en tan
            poco tiempo, la puerta se abría con mucho ruido a causa de sus pesados goznes sin engrasar. Y la
            puerta estaba cerrada.

                   Volví a mi reclinatorio más sorprendido que lleno de devoción. Ya de rodillas de nuevo,
            pensé:  Entonces,  ¿el  Señor  me  ha  escuchado?  Sabía  que  me  escuchaba,  pero  no  esperaba  una
            respuesta tan rápida, tan clara, a mi petición. Le aseguré a Dios que rezaría por esas almas cada día.

                   Alguna persona podría pensar que mi oración la podía haber escuchado el demonio y podía
            haber hecho eso para confundirme. No me parece mal barajar todas las posibilidades. Pero yo no
            moví  los  labios  al  orar.  Fue  una  petición  en  silencio  dirigida  a  Jesús  en  el  sagrario.  Estoy
            internamente seguro de que fue Él el que envió un alma. Llamó a la puerta, porque esas almas nos
            llaman para que oremos por ellas. Yo miré el pasillo sólo para asegurarme más y que en el futuro mi
            certeza no flaqueara. Pero al oir los golpes no tuve duda de qué se trataba. Aun así, en los años
            siguientes,  llegué a tener dudas  acerca de la existencia de este tipo de almas  errantes. Pero este
            hecho siempre fue como un faro que me ofreció luz. Aunque en ciertas temporadas esa luz fuera
            insuficiente.


                   Después vendría otro hecho que me afianzaría en mi certeza. A lo largo de mi vida, me he
            encontrado  con  personas  verdaderamente  místicas,  personas  de  una  gran  santidad  de  vida.  Y  he
            aprovechado para preguntarles al respecto. Todas ellas me han confirmado: Sí, padre, esas almas
            existen, yo las veo vagar por la tierra. Son muchas. Y les explicaba exactamente cual era el estado
            de  estos  espíritus  errantes,  para  que  no  se  confundieran  tal  vez  con  los  espíritus  del  purgatorio
            normal. Pero no, estas personas santas me confimaron las líneas esenciales que he expuesto acerca
            del estado de estos espíritus.

                   Ahora tengo la certeza de que esas almas tristítisimas, errantes, vagan por nuestro mundo y
            especialmente por determinados lugares como cementerios, iglesias, casas donde murieron, campos
            donde  se  suicidaron.  Nos  contemplan,  pero  no  pueden  decirnos  nada,  no  pueden  tocarnos,  no
            pueden  mover  objetos.  Son  como  niebla.  Penan  por  sus  culpas  y  todavía  tienen  tiempo  de
            arrepentirse, porque no rechazaron totalmente a Dios, porque sus faltas no fueron tan grandes como
            para que fueran arrojadas al infierno de inmediato.

                   Los  demonios  y  las  almas  réprobas  ya  están  condenadas,  ya  han  tomado  su  decisión
            definitiva. Ningún demonio saldrá nunca del infierno. Ninguna alma condenada saldrá nunca de su
            reprobación  eterna.  Pero  estas  otras  almas  tienen  hasta  el  Juicio  Final.  Hasta  entonces  pueden
            comprender y pedir perdón. No pueden merecer, pero si que pueden llorar amargamente sus culpas
            y  agarrarse  a  Dios.  Más  allá  de  ese  momento  del  Juicio  Final,  los  caminos  de  esas  almas  se
            bifurcarán definitivamente o hacia el Reino de los Cielos o hacia el Reino de las Tinieblas. Para
            estas almas, el Juicio Final será la última línea más allá de la cual no habrá esperanza. Un Juicio en
            el que todas tendrán que decantarse de forma definitiva. Un momento en el que la voluntad de ellas
            tomará una decisión tras la cual se arrodillarán de corazón ante Dios o no habrá salvación ya nunca


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