Page 19 - El Alquimista
P. 19

viento en el rostro. El viento traía a los moros, es verdad, pero también traía el

               olor  del  desierto  y  de  las  mujeres  cubiertas  con  velo.  Traía  el  sudor  y  los
               sueños de los hombres que un día habían partido en busca de lo desconocido,
               de  oro,  de  aventuras...  y  de  pirámides.  El  muchacho  comenzó  a  envidiar  la
               libertad  del  viento,  y  percibió  que  podría  ser  como  él.  Nada  se  lo  impedía,
               excepto  él  mismo.  Las  ovejas,  la  hija  del  comerciante,  los  campos  de

               Andalucía no eran más que los pasos de su Leyenda Personal.

                   Al día siguiente, el muchacho se encontró con el viejo a mediodía. Traía
               seis ovejas consigo.

                   —Estoy sorprendido —exclamó—. Mi amigo compró inmediatamente las
               ovejas. Dijo que toda su vida había soñado con ser pastor, y que aquello era
               una buena señal.

                   —Siempre es así —dijo el viejo—. Lo llamamos el Principio Favorable. Si

               juegas a las cartas por primera vez, verás que casi con seguridad ganas. Es la
               suerte del principiante.

                   —¿Y por qué?

                   —Porque la vida quiere que vivas tu Leyenda Personal.

                   Después comenzó a examinar las seis ovejas y descubrió que una de ellas
               cojeaba. El muchacho le explicó que no tenía importancia porque era la más
               inteligente y producía bastante lana.

                   —¿Dónde está el tesoro? —preguntó.


                   —El tesoro está en Egipto, cerca de las Pirámides.

                   El muchacho se asustó. La vieja le había dicho lo mismo, pero no le había
               cobrado nada.

                   —Para llegar hasta él tendrás que seguir las señales. Dios escribió en el
               mundo el camino que cada hombre debe seguir. Sólo hay que leer lo que Él
               escribió para ti.


                   Antes de que el muchacho dijera nada, una mariposa comenzó a revolotear
               entre él y el viejo. Se acordó de su abuelo: cuando era pequeño, su abuelo le
               había dicho que las mariposas son señal de buena suerte. Como los grillos, las
               mariquitas, las lagartijas y los tréboles de cuatro hojas.

                   —Eso  es  —dijo  el  viejo,  que  era  capaz  de  leer  sus  pensamientos—.
               Exactamente como tu abuelo te enseñó. Éstas son las señales.

                   Después el viejo abrió el manto que le cubría el pecho. El muchacho se
               quedó impresionado con lo que vio, y recordó el brillo que había detectado el

               día anterior. El viejo llevaba un pectoral de oro macizo, cubierto de piedras
               preciosas.
   14   15   16   17   18   19   20   21   22   23   24