Page 21 - El Alquimista
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»Pues  entonces  vuelve  y  conoce  las  maravillas  de  mi  mundo  —dijo  el
               Sabio—. No puedes confiar en un hombre si no conoces su casa.

                   »Ya más tranquilo, el joven cogió nuevamente la cuchara y volvió a pasear
               por  el  palacio,  esta  vez  mirando  con  atención  todas  las  obras  de  arte  que
               adornaban el techo y las paredes. Vio los jardines, las montañas a su alrededor,
               la  delicadeza  de  las  flores,  el  esmero  con  que  cada  obra  de  arte  estaba
               colocada  en  su  lugar.  De  regreso  a  la  presencia  del  sabio,  le  relató

               detalladamente todo lo que había visto.

                   »¿Pero dónde están las dos gotas de aceite que te confié? —preguntó el
               Sabio.

                   »El joven miró la cuchara y se dio cuenta de que las había derramado.

                   »Pues éste es el único consejo que puedo darte —le dijo el más Sabio de
               los Sabios—. El secreto de la felicidad está en mirar todas las maravillas del
               mundo, pero sin olvidarse nunca de las dos gotas de aceite en la cuchara.


                   El muchacho guardó silencio. Había comprendido la historia del viejo rey.
               A un pastor le gusta viajar, pero jamás olvida a sus ovejas.

                   El viejo miró al muchacho y con las dos manos extendidas hizo algunos
               gestos extraños sobre su cabeza. Después cogió las ovejas y siguió su camino.

                   En lo alto de la pequeña ciudad de Tarifa existe un viejo fuerte construido
               por los moros, y quien se sienta en sus murallas consigue ver al mismo tiempo
               una  plaza,  un  vendedor  de  palomitas  de  maíz  y  un  pedazo  de  África.

               Melquisedec, el rey de Salem, se sentó en la muralla del fuerte aquella tarde y
               sintió  el  viento  de  Levante  en  su  rostro.  Las  ovejas  se  agitaban  a  su  lado,
               temerosas de su nuevo dueño, y excitadas ante tantos cambios. Todo lo que
               ellas querían era sólo comida y agua.

                   Melquisedec contempló el pequeño barco que estaba zarpando del puerto.
               Nunca más volvería a ver al muchacho, del mismo modo que jamás volvió a

               ver a Abraham, después de haberle cobrado el diezmo. No obstante, ésta era su
               obra.

                   Los  dioses  no  deben  tener  deseos,  porque  los  dioses  no  tienen  Leyenda
               Personal. Sin embargo, el rey de Salem deseó íntimamente que el muchacho
               tuviera éxito.

                   «Lástima  que  se  olvidará  en  seguida  de  mi  nombre  —pensó—.  Debería

               habérselo  repetido  varias  veces.  Así,  cuando  hablase  de  mí,  diría  que  soy
               Melquisedec, el rey de Salem.»

                   Después miró hacia el cielo, un poco arrepentido.

                   «Sé que es vanidad de vanidades, como Tú dijiste, Señor. Pero un viejo rey
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