Page 25 - El Alquimista
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dinero para volver y empezar de nuevo.


                   «Todo esto entre el nacimiento y la puesta del mismo sol», pensó. Y sintió
               pena de sí mismo, porque en la vida a veces las cosas cambian en el espacio de
               un simple grito, antes de que las personas puedan acostumbrarse a ellas.

                   Le  daba  vergüenza  llorar.  Jamás  había  llorado  delante  de  sus  propias
               ovejas. Pero el mercado estaba vacío y él estaba lejos de la patria.

                   El muchacho lloró. Lloró porque Dios era injusto, y retribuía de esta forma

               a las personas que creían en sus propios sueños. «Cuando yo estaba con las
               ovejas era feliz, e irradiaba siempre felicidad a mi alrededor. Las personas me
               veían llegar y me recibían bien. Pero ahora estoy triste e infeliz. ¿Qué haré?
               Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me
               traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no
               encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo, porque soy

               demasiado pequeño para abarcar al mundo.»

                   Abrió su zurrón para ver lo que tenía dentro; quizá le había sobrado algo
               del bocadillo que había comido en el barco. Pero sólo encontró el libro grueso,
               la chaqueta y las dos piedras que le había dado el viejo.

                   Al  mirar  las  piedras  sintió  una  inmensa  sensación  de  alivio.  Había
               cambiado seis ovejas por dos piedras preciosas, extraídas de un pectoral de
               oro. Podía vender las piedras y comprar el pasaje de regreso. «Ahora seré más

               listo», pensó el chico sacando las piedras de la bolsa para esconderlas en el
               bolsillo. Aquello era un puerto y ésta era la única verdad que el otro chico le
               había dicho: un puerto está siempre lleno de ladrones.

                   Ahora  entendía  también  la  desesperación  del  dueño  del  bar;  estaba
               intentando avisarle de que no confiara en aquel hombre. «Soy como todas las
               personas: veo el mundo tal como desearía que sucedieran las cosas, y no como
               realmente suceden.»


                   Se  quedó  mirando  las  piedras,  y  las  tocó  sucesivamente  con  cuidado,
               sintiendo la temperatura y la superficie lisa. Ellas eran su tesoro. El simple
               contacto de las piedras le dio más tranquilidad. Le recordaban al viejo.

                   «Cuando  quieres  una  cosa,  todo  el  Universo  conspira  para  ayudarte  a
               conseguirla», le había dicho.

                   Le gustaría saber cómo podía ser verdad aquello. Estaba en un mercado
               vacío, sin un céntimo en el bolsillo y sin ovejas para guardar aquella noche.

               Pero las piedras eran la prueba de que había encontrado un rey, un rey que
               sabía  su  historia,  sabía  acerca  del  arma  de  su  padre  y  de  su  primera
               experiencia sexual.

                   «Las  piedras  sirven  para  la  adivinación.  Se  llaman  Urim  y  Tumim.»  El
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