Page 28 - El Alquimista
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conocía su tienda: mercaderes árabes, geólogos franceses e ingleses, soldados
               alemanes, siempre con dinero en el bolsillo. En aquella época era una gran
               aventura vender cristales y él pensaba que se haría rico y que tendría hermosas
               mujeres en su vejez.

                   Pero el tiempo fue pasando y la ciudad se transformó. Ceuta creció más
               que Tánger y el comercio cambió de rumbo. Los vecinos se mudaron, y en la
               ladera quedaron muy pocas tiendas. Y nadie subía la ladera por unas pocas

               tiendas.

                   Pero el Mercader de Cristales no tenía elección. Había pasado treinta años
               de su vida comprando y vendiendo piezas de cristal, y ahora era demasiado
               tarde para cambiar de rumbo.

                   Durante toda la mañana estuvo mirando el movimiento de la calle. Hacía
               aquello  desde  años  atrás,  y  ya  conocía  el  horario  de  cada  persona.  Cuando

               faltaban algunos minutos para el almuerzo, un muchacho extranjero se detuvo
               delante de su escaparate. No iba mal vestido, pero los ojos experimentados del
               Mercader de Cristales adivinaron que el muchacho no tenía dinero. Aun así
               decidió esperar un momento, hasta que el muchacho se fuera. Había un cartel
               en la puerta en el que ponía que allí se hablaban varias lenguas. El muchacho
               vio aparecer a un hombre tras el mostrador.


                   —Puedo limpiar estos jarros si usted quiere —dijo el chico—. Tal como
               están ahora, nadie va a querer comprarlos.

                   El hombre lo miró sin decir nada.

                   —A cambio, usted me paga un plato de comida.

                   El  hombre  continuó  en  silencio,  y  el  chico  sintió  que  debía  tomar  una
               decisión. Dentro de su zurrón tenía la chaqueta, que no iba a necesitar en el
               desierto. La sacó y comenzó a limpiar los jarros. Durante media hora limpió

               todos  los  jarros  del  escaparate;  en  ese  intervalo  entraron  dos  clientes  y
               compraron algunas piezas al dueño.

                   Cuando acabó de limpiarlo todo, pidió al hombre un plato de comida.

                   —Vamos a comer —le dijo el Mercader de Cristales.

                   Colgó un cartel en la puerta y fueron hasta un minúsculo bar, situado en lo
               alto de la ladera. En cuanto se sentaron a la única mesa existente, el Mercader
               de Cristales sonrió.

                   —No era necesario limpiar nada —aseguró—. La ley del Corán obliga a

               dar de comer a quien tiene hambre.

                   —¿Entonces por qué dejó que lo hiciera? —preguntó el muchacho.

                   —Porque los cristales estaban sucios. Y tanto tú como yo necesitábamos
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