Page 30 - El Alquimista
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El muchacho llevaba casi un mes trabajando para el Mercader de Cristales,
               pero  aquél  no  era  exactamente  el  tipo  de  empleo  que  lo  hacía  feliz.  El
               Mercader  se  pasaba  el  día  entero  refunfuñando  detrás  del  mostrador,
               pidiéndole que tuviera cuidado con las piezas, que no fuera a romper nada.

                   Pero continuaba en el empleo porque a pesar de que el mercader era un
               viejo cascarrabias, no era injusto; el muchacho recibía una buena comisión por
               cada  pieza  vendida,  y  ya  había  conseguido  juntar  algún  dinero.  Aquella

               mañana había hecho ciertos cálculos: si continuaba trabajando todos los días a
               ese ritmo, necesitaría un año entero para poder comprar algunas ovejas.

                   —Me gustaría hacer una estantería para los cristales —dijo el muchacho al
               Mercader—. Podríamos colocarla en el exterior para captar la atención de los
               que pasan por la parte de abajo de la ladera.

                   —Nunca he hecho ninguna estantería hasta ahora —repuso el Mercader—.

               La gente puede tropezar al pasar, y los cristales se romperían.

                   —Cuando  yo  andaba  por  el  campo  con  las  ovejas,  si  encontraban  una
               serpiente podían morir. Pero esto forma parte de la vida de las ovejas y de los
               pastores.

                   El Mercader atendió a un cliente que deseaba tres jarras de cristal. Estaba
               vendiendo mejor que nunca, como si hubieran vuelto los buenos tiempos en
               que aquella calle era una de las principales atracciones de Tánger.


                   —Ya hay mucho movimiento —dijo al muchacho cuando el cliente se fue
               —. El dinero permite que yo viva mejor y a ti te devolverá las ovejas en poco
               tiempo. ¿Para qué exigir más de la vida?

                   —Porque tenemos que seguir las señales —respondió el muchacho, casi
               sin querer; y se arrepintió de lo que había dicho, porque el Mercader nunca se
               había  encontrado  con  un  rey.  «Se  llama  Principio  Favorable,  la  suerte  del

               principiante. Porque la vida quiere que tú vivas tu Leyenda Personal», había
               dicho el viejo.

                   El  Mercader,  no  obstante,  entendía  lo  que  el  chico  decía.  Su  simple
               presencia  en  la  tienda  era  ya  una  señal  y  con  todo  el  dinero  que  entraba
               diariamente  en  la  caja  él  no  podía  estar  arrepentido  de  haber  contratado  al
               español. Aunque el chico estuviera ganando más de lo que debía, porque como
               él había pensado que las ventas ya no aumentarían jamás, le había ofrecido

               una comisión alta, y su intuición le decía que en breve el chico estaría junto a
               sus ovejas.

                   —¿Por qué querías ir a las Pirámides? —preguntó para cambiar el tema de
               la estantería.

                   —Porque siempre me han hablado de ellas —dijo el chico sin mencionar
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