Page 50 - Matilda
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—Entonces tienes que tener un padre magnífico. Debe de ser un profesor
excelente.
—No, señorita Honey —dijo Matilda reposadamente—. Mi padre no me ha
enseñado.
—¿Quieres decir que has aprendido sola?
—No lo sé muy bien —dijo honradamente Matilda—. Es sólo que no
encuentro muy difícil multiplicar un número por otro.
La señorita Honey aspiró profundamente y dejó escapar luego el aire con
lentitud. Volvió a mirar a la chiquilla de ojos brillantes que permanecía de pie
junto a su pupitre, con aspecto sensato y solemne.
—Dices que no te resulta difícil multiplicar un número por otro —dijo la
señorita Honey—. ¿Podrías explicarme eso un poco más?
—¡Oh! —exclamó Matilda—. No estoy muy segura.
—Por ejemplo —dijo la señorita Honey—, si te pregunto cuántas son catorce
por diecinueve… no, eso es demasiado difícil…
—Doscientas sesenta y seis —dijo Matilda, suavemente.
La señorita Honey la miró. Luego cogió un lápiz y realizó la operación con
rapidez en un papel.
—¿Cuánto dijiste que era? —preguntó, levantando la vista.
—Doscientas sesenta y seis —respondió Matilda.
La señorita Honey dejó el lápiz, se quitó las gafas y se puso a limpiar los
cristales con un pañuelo de papel. La clase estaba callada, observándola y
aguardando lo que vendría a continuación. Matilda seguía de pie junto a su
pupitre.
—Bueno, dime una cosa, Matilda —inquirió la señorita Honey, que seguía