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Pasado un corto tiempo, comencé a celar de
sus compañías ocasionales, pero a ella no
le importaba, pues no olvidaba sus objetivos y yo le
servía para pasarla bien. En algunas oportunidades
se quedaba a pernoctar. Mi sentimiento de amor-
odio fue creciendo hasta hacerse intolerable. Un
día me ausenté en busca de algunos insumos y a
mi regreso la hallé en mi lecho con otro hombre. En
estado de ebriedad, la ira nublo mi entendimiento y
corté el hilo de su vida y su pareja, salvó la suya
porque descubrió todo lo veloz que podía ser
corriendo desnudo. Luego me entregué a la
comisaría. El juicio fue corto y brutal, la ciudad se
quedó con mi casita y mis herramientas que nadie
quería, fueron a parar a una empresa recicladora
de chatarras.
Ayer hizo 29 años de aquel primer día en el
cual fui encerrado en esa cárcel la que fue mi único
hogar desde entonces. Con los años logré tener mi
vida bien ordenada, los guardias y el sistema me
convirtieron en un hombre obediente de
los reglamentos y horarios.
Pero algo golpeo la reja de mi celda, era el
dictamen que otorga libertad condicional a los
mayores de setenta años y que había solicitado su
aplicación en mi favor una Fundación de Derechos
Humanos.
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