Page 259 - ANTOLOGÍA POÉTICA
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con sus dos agujas locas,
                  bordando su rosa, punzando y jalando
                  su tapicería, su tatuaje sangriento
                  en alguna parte tras mi ombligo,
                  enhebrando ese amasijo de adornos,
                  dos agujas locas, entrecruzando sus puntadas,
                  escogiendo entre mis nervios
                  sus colores, remodelándome
                  dentro de mi piel, cada una reconstruyendo a la otra
                  con sus propias caricaturas, su obsesivo entrar y salir. Dos mujeres
                  cada una con su aguja.


                  Esa noche,
                  mi Susan dellarobbia. Me moví
                  con la cautela
                  de la flama en una mecha. Toda mi furia
                  fue un abandonado esfuerzo para explotar
                  el viejo globo donde las sombras se inclinaban
                  sobre mi rastro delator de cenizas. Corrí
                  de aquí para acá, de espaldas, una película en reversa,
                  ¿hacía qué? Fuimos a la calle Rugby
                  donde tú y yo empezamos.
                  ¿Por qué, entre todos los lugares, fuimos ahí?
                  ¿Por qué fuimos ahí? La perversión
                  en el arte de nuestro destino
                  ajustó sus finuras para ti, para mí,
                  y para Susan. El solitario
                  que jugó el Minotauro de aquel laberinto
                  incluyó aun a Helen, en el departamento de la planta baja.
                  La habías notado —una chica para un cuento.
                  Jamás la conociste, pocos la conocieron,
                  excepto a través de las orejas y la máscara demente
                  de su Pastor. Ni siquiera fugazmente la viste.
                  Sólo te echaste para atrás
                  cuando el loco animal estrelló su peso
                  contra la puerta mientras nos escurríamos por el pasillo
                  y lo oímos ahogarse en infinito odio alemán.
                  stanza-break
                  Aquel domingo por la noche abrió su puerta
                  los pocos centímetros permitidos.
                  Susan recibió sus ojos negros, el sobrepeso
                  infeliz, bello rostro, que se asomaba
                  por la cadenita. La puerta se cerró.
                  La oímos consolar a su carcelero.
                  En su celda, su perrera, donde días después,
                  gaseó a su feroz kapo, y a sí misma.


                  Susan y yo pasamos la noche
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