Page 180 - Confesiones de un ganster economico
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                            —Leinster Bay. Nuestro fondeadero de esta noche.
                        Ahí estaba, excavada en la isla de Saint John. Una ensenada desde cuyo abrigo
                        acechaban las naves piratas, aguardando el paso de la flota del oro por aquella misma
                        manga de agua en que nos encontrábamos. Cuando estuvimos más cerca le cedí el
                        timón a Mary y me dirigí a la cubierta de proa. Mientras ella negociaba Watermelon
                        Cay y embocaba la hermosa bahía, me incliné para cazar el foque y saqué el ancla.
                        Ella recogió la mayor. Eché el ancla. La cadena corrió y se sumergió en las
                        transparentes aguas. La embarcación fue inmovilizándose.
                             Después de nadar un rato, Mary bajó a echar una siesta. Le dejé una nota y remé
                        con el bote neumático hasta la costa. Lo saqué del agua cerca de las ruinas de una
                        antigua plantación azucarera y me quedé largo rato sentado en la orilla procurando no
                        pensar, concentrado en tratar de vaciar de emociones la mente. Pero no lo conseguí.
                            Más tarde me puse a trepar ladera arriba y me hallé entre los ruinosos muros de la
                        vieja plantación. Volví la mirada hacia nuestro velero anclado en la bahía. El sol caía a
                        poniente sobre las aguas del Caribe. Todo parecía muy idílico, pero yo no ignoraba que
                        aquella plantación había sido escenario de sufrimientos inenarrables. Centenares de
                        esclavos africanos habían muerto allí, forzados a punta de escopeta, construyendo la
                        casona señorial, cultivando la caña y manejando el ingenio que convertía la melaza en
                        ron. La tranquilidad del lugar ocultaba una historia de brutalidad, lo mismo que en
                        aquellos momentos ocultaba la rabia que volvía a hervir dentro de mí.
                           El sol desapareció detrás del perfil montañoso de una isla. Un gran arco de color
                        magenta se extendió por el cielo. Las aguas se oscurecieron y yo me vi obligado a
                        afrontar una conclusión sorprendente: que también yo había sido un esclavista. Mi
                        trabajo en MAIN no se limitaba a promover el endeudamiento de los países pobres
                        para atarlos al imperio global. Mis proyecciones infladas eran algo más que meros
                        vehículos para asegurarnos nuestra parte del botín, es decir, el petróleo que necesitase
                        mi país. Y mi posición de socio principal era algo más que un expediente para mejorar
                        la rentabilidad de la compañía. Mi'actividad también tenía que ver con las personas y
                        sus familias. Personas parecidas a las que habían muerto en la construcción de la tapia
                        donde yo estaba sentado en aquel momento. Personas explotadas por mí.
                           Haría diez años que me había convertido en sucesor de aquellos esclavistas que
                        visitaban las selvas de África y arrebataban hombres y mujeres para conducirlos a sus
                        naves. El mío era un procedimiento más moderno, más sutil. Yo nunca me había visto
                        en la necesidad de




























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