Page 203 - Confesiones de un ganster economico
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                        tales justificaciones dejaron de ser necesarias. Se admitió como axiomático que un
                        proyecto planteado por unos inversores adinerados tenía que ser inherentemente mejor
                        que cualquier cosa que propusieran los gobiernos. Las organizaciones internacionales
                        como el Banco Mundial hicieron suya dicha noción y se dedicaron a impulsar la
                        desregulación y la privatización del abastecimiento de agua, de los sistemas de
                        tratamiento de residuos, de las comunicaciones, de las redes de servicios públicos y de
                        otras infraestructuras hasta entonces gestionadas por los gobiernos (el Estado).
                           En consecuencia, no fue difícil generalizar el concepto del gangsterismo
                        económico al marco más amplio, y enviar ejecutivos de las más diversas actividades a
                        misiones en otro tiempo reservadas a una minoría, la de los que formábamos una
                        especie de club exclusivo. Ahora esos ejecutivos se distribuían por todo el planeta en
                        busca de las reservas de mano de obra más barata, de los recursos más accesibles, de
                        los mercados más multitudinarios. No se planteaban muchos problemas de conciencia.
                        Lo mismo que los gángsteres económicos predecesores suyos —como yo en Indonesia,
                        en Panamá y en Colombia—, cuando sentían la necesidad de racionalizar sus tropelías
                        nunca les faltaban argumentos. Y lo mismo que nosotros, dejaban atrapados a los
                        países y las comunidades que visitaban. Les prometían la opulencia y que el fomento
                        del sector privado los ayudaría a librarse del endeudamiento. Construían escuelas y
                        carreteras y donaban teléfonos, televisiones y servicios médicos. Aunque, finalmente,
                        si encontraban trabajadores más baratos o recursos más accesibles en otro lugar, se
                        marchaban. Pero al abandonar la comunidad cuyas esperanzas habían suscitado, las
                        consecuencias solían ser desastrosas. Ellos, según todos los indicios, lo hacían sin
                        mayor titubeo ni ver en ello motivo de cavilaciones.
                           Yo me preguntaba, sin embargo, si no quedarían psicológicamente afectados en
                        algún sentido, si tendrían sus ratos de duda como me había ocurrido a mí. ¿Estuvieron
                        alguna vez a orillas de un canal paradisíaco viendo cómo se bañaba una joven al
                        mismo tiempo que un viejo defecaba aguas arriba? ¿Quedaba algún Howard Parker
                        que les planteara problemas de conciencia?
                           Aunque yo disfrutaba de mis éxitos en IPS y también de la vida de familia, no
                        conseguía evitar los momentos de profunda depresión. Tenía una hija y lógicamente
                        me preguntaba qué clase de porvenir iba a dejarle. Me acosaban los remordimientos
                        por mis pasadas actuaciones.
                           Además, el análisis retrospectivo permitía contemplar una tendencia histórica muy
                        inquietante. El sistema financiero internacional moderno nació cuando faltaba poco
                        para el fin de la Segunda Guerra Mundial, en



























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