Page 176 - Desde los ojos de un fantasma
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RICARDO, el inventor de palabras, se encontró con Haruki en el centro de la
Plaza del Comercio. La persecución había resultado infructuosa, así que,
desconsolados, iniciaron el largo regreso al Conversario, donde los esperaba el
señor Alves, quien no había podido unirse a la persecución (hay ciertas acciones
que un redondo pastelillo de vainilla no pude realizar).
—Vine a Lisboa para atrapar una palabra nunca pronunciada —comenzó
Ricardo con su explicación una vez que los tres amigos se reunieron de nuevo—.
Una horrible palabra que se me apareció de pronto en la periferia de una ciudad
oscura y gris.
—¿Por qué habría de atraparla precisamente en Lisboa?
—No lo sé. Las palabras nunca dichas suelen dar pistas para que sus buscadores
las acaben encontrando. Es como un juego. El peor castigo para una palabra es el
silencio. Está en su naturaleza salir a la luz.
—¿Aun las palabras oscuras?
—Bella contradicción, ¿no le parece? Es en esa vocación de las palabras por
encaramarse en los sitios más sorprendentes donde descansa la esencia de la
poesía:
“No es agua ni arena / la orilla del mar / embrujar turistas como serpientes /
cosechar serpientes como almendras / No, ni polvo ni tierra / incallable metal
líquido eres.”
—Qué hermoso.
—Parece un solo poema pero en realidad son versos mezclados. Las palabras
tienden a ramificarse.
—¿Como si fueran una enredadera? —preguntó Haruki.
—Exacto, las palabras brotan y brotan y brotan. Tarde o temprano esa palabra
horrible que pide a gritos que la pronuncie habrá de salir de mis labios. A fin de
cuentas, desde hace tiempo ronda por la punta de mi lengua —dijo Ricardo sin
poder ocultar su inquietud.