Page 70 - LIBRO ERNESTO
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Ernesto Guerra Galarza
pelota, la habilidad para encontrar los espacios y la percepción para
llegar a la zona de gol en el momento exacto. Yo tenía gran habilidad
y marqué la mayoría de los goles con los pies. Pero también concreté
varios de cabeza y de chilena que es una jugada fascinante que enloquece
a las tribunas. Qué hermoso es suspenderse en el aire y de espaldas al
arco, clavar la pelota en la red.
Nunca olvido el partido que jugué en el Real Manabí ante el Cerro
Toleño. Tenía 15 años, pero ya jugaba en la categoría mayor del fútbol
barrial. Era el clásico de la zona centro de la ciudad. Ganamos la
contienda en un partido bravo, que se jugó con intensidad en la cancha
y en las tribunas. Fue un triunfazo.
Tuve la fortuna de jugar desde jovencito, desde los 16 años junto a las
grandes figuras del fútbol de ese entonces. Con el ‘Torerillo’ Arias,
Mario Lovato, Tobar, Basantes, ‘Potolo’ Morales, ‘Sambo’ Albornoz,
el ‘Gato’ Maldonado, que por su calidad fue a jugar en Colombia en
el Once Caldas y con ‘Pichurca’ Cruz, que era hermano del que hacía
los zapatos de fútbol, que llegaron a tener renombre. ¿Quien no calzó
botines Pichurca en esos tiempos?
Jugar con tantos cracks me movió la ilusión a un grado máximo. Más el día
que el gringo Weiss puso en mis manos un corte de casimir y 500 sucres
para firmar por el Argentina. Hasta esa edad nunca había tenido en mis
manos 500 sucres, ni había jamás comprado un corte de casimir. Eran mis
padres los que me mantenían y me vestían. Como era el primogénito del
segundo matrimonio de mi madre tenía de todo. Era el gran mimado.
En el Argentina pasé a ser titular en poco tiempo. El ‘Sambo’
Albornoz que jugaba de ‘9’ se marchó al Macará de Ambato y el ‘Gato’
Maldonado que jugaba en esa función pasó a ser centrodelantero. Ahí
ingresé como anillo al dedo en la función de interior izquierdo, ideal
para mi manera de sentir el juego. Era la oportunidad de tratar de
emular lo que hacía Adolfo Pedernera que triunfaba en la época de ‘El
Dorado del fútbol colombiano’, que por una extraña reglamentación se
alimentó de los grandes cracks de la época, provenientes de todos los
países sudamericanos.
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