Page 67 - LIBRO ERNESTO
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Capítulo 4



               EL bALón iLUMinó Mi vidA


               El fútbol tiene una magia de la que uno no puede escapar. A los 10
               años comencé a escuchar las transmisiones de los partidos del fútbol
               colombiano, los sábados a la tarde y más los domingos, en la voz
               privilegiada de Jaime Tobón de la Rocha, un locutor prodigioso que
               me hacia ver el fútbol. Ya soñaba con llegar a ser jugador y que mi
               nombre transite por las ondas radiales.

               Escuchaba los relatos de Tobón en un radio de onda corta, de esos
               aparatos gigantes y magistrales que nos permitían tener contacto
               con otras geografías y Colombia, siempre fue un territorio, querido
               y admirado. También le ponía especial atención a las noticias
               deportivas que salían publicadas en los periódicos. Comenzaban las
               participaciones internacionales de los equipos ecuatorianos y me
               gustaba estar atento a lo que sucedía. Igualmente leía las noticias sobre
               política, que ha sido otra de mis grandes aficiones.

               Leía todos los días Diario El Comercio. Me lo bebía literalmente, eso
               sí, sin dejar de lado las fabulosas tiras cómicas que traía en una página
               entera. Benitín y Eneas, Supermán, Tío Barbas, La Perica y la de Tar-
               zán, el rey de la selva. Era una obligación degustarlas.


               Oía, veía, leía y comía fútbol. Los domingos iba al Estadio de El Ejido,
               puntualmente a las 11 de la mañana, de la mano de mi padre para mirar
               al Gimnástico, que era el club de sus amores. Eran grandes partidos que
               los hinchas seguían con enorme fervor. Apostaban en las graderíos. Ya
               me sentía cobijado por ese manto de atracción que solamente tiene el
               balompié. En la calle Manabí todos los días hacíamos aguantadas con
               una cáscara de naranja. Y los domingos jugábamos con las inolvidables
               pelotas de viento.


               Jugamos con la pelota de trapo, pero la más querida, era la de viento.
               El sonido que provocaban aquellas pelotas que rebotaban sin cesar es
               una sensación que vive grabada en mi memoria. Con la vivacidad de
               la pelota de viento fui perfecionando mis atributos. Yo soy izquierdo.
               Golpeaba la pelota contra la pared y shuteaba con fuerza para impac-

                                                Memorias de un triunfador   67
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