Page 64 - LIBRO ERNESTO
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Ernesto Guerra Galarza
Recuerdo que para la guerra del 41, mi mámá y mi papá entregaron
dos cajas grandes llenas de cigarrillos y conservas para apoyar el
abastecimiento de las tropas. Los soldados iban caminando desde
el Cuartel Vencedores hasta la estación del ferrocarril que estaba en
Chimbacalle. Las madres lloraban, las familias estaban destruídas.
Reinaba un ambiente fúnebre. Cuando mi hijo Ernesto ya era militar y
tuvo que enfrentar la guerra con el Perú, en la Cordillera del Cóndor,
comprendí y sentí en carne propia lo que significa que un hijo vaya al
frente de batalla. Aún me estremecen esas horribles sensaciones.
Como estudiante nunca tuve grandes problemas por mi rendimiento
escolar, aunque fue brusco el cambio de La Salle al Colegio Mejía. En
el ‘Patrón’ aprendí a ‘echarme la pera’. A irme al cine o al parque de La
Alameda. Aprendí a jugar billar y a remar. Ese era el Quito, que añoro
y que obliga a revivir los aromas de la nostalgia.
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