Page 68 - LIBRO ERNESTO
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Ernesto Guerra Galarza
tarla en la puerta de latón de El Camal, que permanecía cerrada los do-
mingos. Ese sonidito era como meter la pelota en la red y gritar gol. En
mis adentros me imaginaba el coro unánime de la multitud celebrando
mis conquistas.
Avanzar por la izquierda, tocarla
contra la pared y rematar de zurda
era mi jugada calcada. Hasta que
un día, mi hermano Arturo, de-
cidió mostrarme -según él-, que
sabía mucho de fútbol y anunció
que me anularía por completo.
Efectivamente clausuró mi to-
que contra la pared y me cortó
los avances. Al constatar que ya
no había sorpresa en esa jugada,
aprendí la diagonal. En lugar de
tocar la pelota, ingresaba por el
centro, la jalaba y le pegaba de
zurda. Confieso que con la dere-
cha le pegaba poco. Era mi pierna
boba. La de palo, la manca, como
decían los cronistas de la época.
Pero la zurda, valía por las dos. La
Ernesto Guerra y el útil. La zurda haciendo
malabares ante un estadio repleto. Era un historia del fútbol está repleta de
jugador técnico y goleador. zurdos geniales.
Mis primeros pininos de jugador de fútbol los di a los 12 años en un
campeonato infantil que organizaron en La Tola. Jugábamos con los
zapatos de calle. No había botines de fútbol para niños. A los zapatos
les cambiaban de suela cada mes. Meses después ya estaba en las
aulas, en los patios y en la piscina del Colegio Mejía, donde aprendí
a nadar sin profesor, sólo por intuición. En el ‘Patrón’ encontré a
uno de mis grandes ídolos, al ‘Gato’ Maldonado, que conjuntamente
con el argentino Adolfo Pedernera, me mostraron los atributos que
debe reunir un jugador que quiere calzarse la blusa número ‘10’.
También me llenaban la vista, ‘El Charro’ José Manuel Moreno y el
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