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DE LA UNCIAL
A LA CARQLINA
Estamos en los últimos aiios del siglo IV. Teodosio, emperador de Oriente, firma los
edictos de Constantinopla que se verán completados por medidas posteriores.
El cristianismo es proclamado linalmente religión oficial del estado (3lh.). Empiezan
A emreverse las primeras incursiones bárbaras: los visigodos de Alarico entran en
Italia y Geiserico, rey de los vándalos, saquea Roma en 445· El esplendor del Imperio
romano produce sus últimos resplandores, aunque ciertamente el poder de Roma no
se desmorona de un solo golpe ant(' el avance de las hordas bárbaras. El inmenso
tmpc>rio se disgrega poco a poco, como un barco a la deriva, ante la falta de un poder
sólido y de una polítka coherente. No obstante, gracias a la eficacia y a la competencia
de sus dirigentes, la administración imperial mantiene su influencia. La Iglesia
católica se establece dentro de este comexto, del que se aprovecha para codificar
sus ritos y elevar el latín al rango de lengua sacra. El alfabeto uncia!, trazado en el
interior de los monasterios, s~rá el principal instrumento para la salvaguarda de
la cultura clásica. La elección de este aJfabeto concreto parece ser fruto de una
voluntad política, cuya constante preocupación consiste en diferenciar claramente
la forma de los textos sagrados de la de los textos • paganos ~. trazados en rústica.
La escritura uncia! permitirá de este modo preservar la integridad del conocimiento
y transmitir los libros y los dogmas. Aún permanecen en nuestra memoria las
escenru. de saqueo, los asaltos violentos durante los cuale!> los monjes no dudaron en
v~stirse la coraza, como Sidonío Apolinar, obispo de Clermont, que en 471 defendió
victoriosamente la ciudad frente a los invasores visigodos. Tras el fragor de la batalla
podernos imaginar a estos <~rnonjes soldados» deponiendo las armas y retomando la
pluma de ganso. El monacato emergente constituye la expresión más pura y más
Libro de Lindisfarne, principio del Evangelio
característica del cristianismo desde los primeros siglos. Este período marca también de san Juan, folio 21 1. Dimensiones del
el principio de la actividad intelectual de la cristiandad. En 529 san Benito de manuscrito: 28,4 x 34.3 cm. Hacia 698. Las tre¡,
primeras letras de las palabras in principio han
Nur:.ia, patriarca de los monjes de Occidente, fundó la abadía de Montecassino;
sido ampliadas para formar un monograma
hari.1 el 540 redactó una regla que se difundió durante la época carolingia y que muhicolur. Le siguen ctnco lineas de extrañas
sigue siendo la regla fw1damental de los benedictinos. Entre los siglos XI y XI II capitales, iniluidas por el estilo de lds runas.
Estas maytJsculas decorativas están bordeadas
aparecieron nuevas órdenes religiosas con la intencion de reformar la doctrina de
por una fila de puntos rojo~ e iluminadas con
san Benito. Esta proliferación uc órdenes que caracteriza la Edad Media permilió Jos tres colores característims <.le las minia1Uras
que la cristiandad ejerciera una tutela sistematizada. Como un pulpo gigantesco, irlandesas: el oropimentc, el verde malaquita
y la púrpura cle Casio. L~ C de la segunda
la Iglesia extendió sus tentáculos ajena a los estados, a la5 fronteras y a las lenguas
línea termina en una cabeza de mujer Jc estilo
nactonales El poder de la Iglesia se perfila de este modo como una d imensión
grotesco, excepcional en e:.tc manu:.crito.
esencial y como una de las claves para el conocimiento íntimo del mundo medieval. Londres, Biblioteca Britanica.
IJC LA IJNCI AL A L A CAROLI NA 125