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y donde yo esté, allí también estará mi siervo. A quien me sirva, mi Padre lo honrará.
–Juan 12:23-26, NVI
Estos versículos fueron una palabra de parte de Dios que trajo consuelo cuando de-
batíamos si deberíamos quedarnos en la Argentina como misioneros o no. Sentimos
que Dios todavía podría usarnos. Elegimos quedarnos y cumplir el llamado de Dios,
pero fue sin dudas un período traumático y horrible en nuestras vidas. Estábamos a
punto de empezar la iglesia en Santa Fe y nos sucedía esto. Le preguntamos al Señor
si deberíamos esperar para comenzar el trabajo, pero sentimos que teníamos que
proseguir y comenzar la obra.
Fue así que recibimos al equipo de cinco alumnos que vino para ayudar a plantar la
nueva iglesia. Eran dos varones, que se quedaron en la casa del nuevo pastor, y tres
mujeres, que se alojaron en un hotel en el centro. Por varias semanas repartimos vo-
lantes, colocamos afiches en toda la ciudad, evangelizamos y realizamos actividades
con los niños en los parques y en las plazas cercanas.
Finalmente, el sábado 19 de agosto de 1989, tuvimos la primera reunión en el salón
recién alquilado sobre una calle principal de la ciudad, en la que cantó el coro del Ins-
tituto Bíblico Río de la Plata. El edificio estaba lleno solo con el coro y con miembros
de otras congregaciones que vinieron para apoyarnos. Estábamos muy contentos,
pero la noche siguiente fuimos muy pocos.
En el mes de octubre de ese mismo año, a pocos meses de empezar la iglesia, los
pastores de la ciudad patrocinaron una campaña con el evangelista Carlos Annacon-
dia. ¡Fue increíble!, tuvimos cultos todas las noches por cuarenta días. Fue hermoso
ver la obra de Dios sanando cada día corazones y cuerpos. Con el pastor con quien
plantamos la iglesia estuvimos a cargo de los consejeros. Al final de la campaña más de
quince mil personas habían aceptado a Cristo. ¡Las almas recibieron la salvación, los
cuerpos sanidad, hubo liberación espiritual y muchas vidas fueron transformadas!
La última noche, el lugar donde se habían realizado las reuniones de la campaña, un
campo abierto inmenso, estuvo lleno de personas, sin incluir a los que lo miraban por
televisión o lo escuchaban por la radio.
Un día Roberto Urrutia llegó al salón que alquilábamos para la nueva iglesia. Estaba
vestido de blanco. Nos dimos cuenta de que era panadero. Había sido testigo de Jeho-
vá pero recientemente en la campaña había recibido a Jesús como su salvador.
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