Page 197 - El manuscrito Carmesi
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Antonio Gala Descargado de http://www.LibrosElectronicosGratis.com/ El manuscrito carmesí
Tengo graves reproches que hacerte. Hace mucho tiempo que nos deberíamos haber
encontrado.
—Ahora es ya tarde para todo —me contestó.
—¿Me entiendes tú? ¡Necesito que me entiendas!
—Ya es tarde para todo. También para entenderte. Y además, daría igual: es como si
ya estuviera muerto.
—Únete a mí. Juntos recomenzaremos.
—No. Ahora “el Zagal” eres tú, y yo soy “el Zogoibi”. No le hago falta a nadie.
Apréndelo, Boabdil. Ésta es tu hora; aprende en mí.
Con una torsión, desasió sus manos de las mías.
—Déjame ir —dijo, y era más un mandato que una súplica—. Nuestros destinos se
separaron hace mucho.
Yo no recuerdo nada. Ni recordaré nada: esta noche no existe... Yo no existo. Lo que
dejé caer está ahí, en esas manos tuyas. Déjame ir.
—Aún podemos triunfar, juntos tú y yo, como lo soñé siempre. Aún podemos hacer tú
y yo que nuestro pueblo triunfe. Mírame, Abu Abdalá: aunque tengamos que refugiarnos en
los riscos de la Alpujarra. Quédate. ¡Quédate!
—En mí se personifica la derrota. “El Zogoibi” no te traería suerte. Adiós, Boabdil.
Mátame a mí también y enseña mi cabeza, en lo alto de una pica, a tus soldados. Quizá ésa
fuese mi única manera de serte útil.
Volví a oprimir sus manos; volvió a soltarlas de las mías.
—Si no quieres mi vida, como la de Husayn, deja que me vaya.
Que Dios te conceda la victoria.
Pero aprende de mí.
Le sostuve la brida del caballo mientras montaba. No montó con la misma agilidad de
antes. Puso su mano abierta sobre mi cabeza.
—Adiós, Boabdil —ladeó un poco su rostro, como si fuese a sonreír—. Adiós otra vez,
esperanza.
—¡No te olvidaré nunca! —le grité.
Pero ya no me oyó. El galope de los caballos se hundió en la noche. Y yo me hundí en
la noche también. Miré a mi alrededor. Estaba solo. De pronto sentí miedo.
A la grupa de su caballo él se llevaba demasiadas cosas; sin darse cuenta, se llevaba
mi vida. Me pareció mentira que cuanto hubo entre él y yo, y cuanto pudo haber, se
terminara así: como un galope que se pierde entre la oscuridad.
En los siguientes días retornaron a mi obediencia las Alpujarras y Dalías y Berja.
Nombré alcaides en sus fortalezas y regresé a Granada. pero ya no era el mismo que había
salido de ella.
En el mes de abril sufrí un decaimiento. Me agotaba el cansancio de tener que tomar
tantas y tan urgentes decisiones diarias; me encontraba solo, porque, a fuerza de no querer
preocupar a Moraima, dejé de contar con ella; y, sobre todo, comprendí lo que “el Zagal” me
sugirió: la imposibilidad absoluta, contra la que enfrentarse es vano y torpe. El rey Fernando,
ocupado con las tensiones de Francia, postergó la campaña. Yo comencé a dejar transcurrir
los días entre la inactividad y los libros.
La primavera ganaba sus batallas, tan distintas de las nuestras, en los jardines del
Generalife. Me distraían el rumor de las abejas y el olor de las rosas. Procuraba no pensar
sino en lo que tenía al alcance de la mano. Y suspiraba. Mi corazón reclamaba sus
derechos: echaba de menos, en contra de mi propia voluntad, los hermosos e inaplazables
cataclismos del amor.
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