Page 275 - El manuscrito Carmesi
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Antonio Gala Descargado de http://www.LibrosElectronicosGratis.com/ El manuscrito carmesí
Descuelga el lubricán desde la nieve su fatigado verde y su amarillo...
¿Quién cerrará estos ojos, esta boca, esta carne?
Nadie se librará del postrer día, ni del luto.
La luz se aleja, pero la vida y tú permanecéis.
Cuando muera la luz, grita mi nombre.
Mi nombre y tú ya estáis a salvo en el jardín: fuera del tiempo, su maleficio no os
perturbará.”
Como Alcaide de Andarax, Bejir ha escrito ya dos cartas en mi nombre a los reyes de
Castilla para implorarles —¿qué otra cosa puede hacer un vencido?— que me devuelvan a
mis hijos. Moraima y yo, aunque no hablemos de ello, no los apartamos de nuestro
pensamiento. El pequeño Yusuf nos echará aún más de menos que Ahmad, educado en la
separación, a pesar de que Moraima me recrimina que opine de este modo.
Aben Comisa y El Maleh van con frecuencia, si bien nunca juntos, a Granada. Se
entrevistan allí con Hernando de Zafra, ahora regidor perpetuo de la ciudad, con el que El
Maleh ha estrechado una amistad muy útil para nosotros y nuestra información, aunque
supongo que será aún más útil para ambos.
Me cuentan, y así debo creerlo, que el rey se porta muy generosamente con los
musulmanes: les administra justicia con equidad, les dispensa de los tributos, y es con ellos
solícito y respetuoso. Por lo visto, los cristianos se lo echan a los nuestros en cara: ‘No os
quejaréis —les dicen—: más ensalzados y honrados por nuestro rey sois vosotros que
nosotros’. Sin embargo, El Maleh conjetura que la intención del rey es conseguir lo que está
consiguiendo: confirmar la opinión de la gente en que durará tal clemencia para que se
resuelvan a vivir con los cristianos y compren casas y tierras y se arraiguen. Al rey viene
que abandonen la ciudad para pasar a África: ¿quién trabajaría sino ellos, quién conoce las
tierras y los riegos, quién realizará las labores humildes que ningún cristiano aceptaría,
porque para eso no salió él de Castilla?
Sobre mis hijos sólo les ha dado Zafra, hasta ahora, buenas palabras y una muy breve
carta de Ahmad.
Moraima lleva unos días muy pálida. Desganada y absorta, pasa las horas muertas
sentada ante una ventana sin darse cuenta de que se ha ido la luz, o deambula por la casa
sin detenerse en ninguna labor ni habitación concretas. Yo la observo en silencio, y se me
cae a los pies el alma.
El médico, que también es judío y se llama Yusuf, asegura que nada grave le sucede.
Se trata de una pasión del ánimo —¿no es eso nada grave?—, que le estruja el corazón con
una fuerza insoportable cuando recuerda a nuestros hijos.
—Quizá si tuvieseis uno aquí, se curaría —me ha sugerido hoy.
—Pero no tenemos a ninguno de los dos —repuse suspirando.
—Me refiero a que la dejases embarazada y diera a luz aquí.
—Tendré que consultarlo con ella. El remedio puede ser peor que la enfermedad.
Quizá, hasta que nosotros no alcancemos la certidumbre de que amamos la vida, no
debamos engendrar otra nueva.
—Yo amo la vida —me confesó hace días Moraima— porque tú estás en ella. Si así
no fuera, dejaría de amarla.
—¿Es que a nuestros hijos no los amas?
—Sí; ellos son como una prolongación tuya para mí. Son, para mí, tú mismo de otra
forma. Tú aquí estás incompleto.
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