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—¿Me vas a dar sustos hasta el último día?
—Agárrate a las cuerdas, sigue adelante, hay que buscar un tesoro.
Cloe consiguió salir de ahí a duras penas; atravesaron pasadizos oscuros, se encontraron con algún
pirata aterrador y, finalmente, encontraron un tesoro. En el interior, un surtido de dulces franceses hizo
que los ojos de Cloe brillasen: macarons de colores, croissants de chocolate y tiernos brioches. Cloe
los probó todos e intentó disimular lo ricos que estaban, pues no deseaba hacer sufrir a François.
Y así, con la boca llena y manchada de chocolate, es como Cloe volvió a la plaza.
—Mañana regreso.
Cloe no podía decir mucho más, iba a echar mucho de menos a ese espíritu burlón de ese barrio de
artistas.
—Los espíritus somos mágicos. Tal vez volvamos a vernos.
Por unos segundos, la magia del Poulbot logró que fuese visible ante todos los ojos. Justo en el
momento que Cloe se abalanzó a abrazarlo. Finalmente, más de un pintor comprendió lo que pasaba.
Al día siguiente, desde el avión, Cloe miró el barrio de Montmartre, a lo lejos. Creyó ver un punto
brillante y pudo oír a su amigo:
—Tú serás una gran artista. ¡Cree en ti!