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Y al momento se encontraron en el interior, aunque no de una ballena, sino de un submarino anclado
en el puerto.
—Esto es el submarino Espadón. Dio diecisiete vueltas al mundo y fue el primer submarino francés
que navegó bajo el hielo polar.
—¡Qué interesante!
Cloe correteó por los estrechos pasillos, probó las ajustadas literas y terminó en el puesto de “oídos
de oro”. Se colocó los cascos e intentó oír el sonido de la superficie.
—¡Sólo escucho un barullo horrible!
—Hay que ser un experto. Los tripulantes de este submarino podían distinguir un barco en la
superficie, el crujir de un iceberg o incluso cientos de gambas chocar contra el casco.
Y, sin prepararla para la próxima aventura, Cloe se vio dentro de un coche de carreras, con un casco y
a toda velocidad por el circuito de Le Mans. Su vehículo era veloz y ligero y el Poulbot la ayudaba con
el volante. En una recta, cogió tal velocidad que el coche se alzó y se separó unos milímetros del
suelo.
—¡¡¡Vamos a volar!!!
Y así es como Cloe se vio en la plaza de Montmartre, al grito del vuelo; sus manos pretendían sujetar
un volante invisible y su pie apretaba un acelerador inexistente.
Definitivamente, sus padres y todos los habituales de la plaza habían decidido ignorar sus rarezas.