Page 45 - Amor en tiempor de Colera
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fueron derivando hacia un tono familiar que ya parecía de esposos. Nada perturbaba sus
                    ensueños.
                          La vida de Florentino Ariza había cambiado. El amor correspondido le había dado
                    una seguridad y una fuerza que no había conocido nunca, y fue tan eficaz en el trabajo
                    que Lotario Thugut consiguió sin  esfuerzos que lo  nombraran  segundo  suyo  en
                    propiedad. Para entonces, el proyecto de la  Escuela de Telegrafía y Magnetismo había
                    fracasado, y el alemán consagró su tiempo libre a lo único que en realidad le gustaba,
                    que era irse al puerto a tocar el acordeón y a tomar cerveza con los marineros, y todo
                    terminaba en el hotel de paso. Transcurrió mucho tiempo antes de que Florentino Ariza
                    se diera cuenta de que la influencia de Lotario Thugut en aquel sitio de placer se debía a
                    quehabía terminado por ser el dueño del establecimiento, y además empresario de las
                    pájaras del puerto. Lo había comprado poco a poco, con sus ahorros de muchos años,
                    pero el que daba la cara por  él era un  hombrecillo flaco  y tuerto,  con una cabeza de
                    cepillo, y un corazón tan manso que nadie entendía cómo podía ser tan buen gerente.
                    Pero lo era. Al menos así le parecía a Florentino Ariza, cuando el gerente le dijo, sin que
                    él se lo pidiera, que disponía de un cuarto permanente en el hotel, no sólo para resolver
                    los problemas del bajo vientre, cuando se decidiera a tenerlos, sino para que dispusiera
                    de un lugar más tranquilo para  sus lecturas  y sus  cartas de amor. Así que mientras
                    transcurrían los largos meses que faltaban para la formalización del compromiso estuvo
                    más tiempo allí que en la oficina y en su casa, y hubo épocas en que Tránsito Ariza no lo
                    vio sino cuando iba a cambiarse de ropa.
                          La lectura se le convirtió en un vicio insaciable. Desde que lo enseñó a leer, su
                    madre  le compraba  los libros ilustrados  de  los autores nórdicos,  que  se vendían como
                    cuentos para niños, pero que en realidad eran los más crueles y perversos que podían
                    leerse a cualquier edad. Florentino Ariza los recitaba de memoria a los cinco años, tanto
                    en las clases como en las veladas de la escuela, pero la familiaridad con ellos no le alivió
                    el terror. Al contrario, lo agudizaba. De allí que el paso a la poesía fue como un remanso.
                    Ya  en  la pubertad había consumido por  orden de  aparición todos  los  volúmenes de  la
                    Biblioteca Popular que Tránsito Ariza les compraba a los libreros de lance del Portal de los
                    Escribanos, y en los que había de todo, desde Homero hasta el menos meritorio de los
                    poetas locales. Pero él no hacía distinción: leía el volumen que llegara, como una orden
                    de la fatalidad, y no le alcanzaron todos sus años de lecturas para saber qué era bueno y
                    qué no lo  era  en lo  mucho  que  había leído.  Lo  único que tenía claro  era que  entre la
                    prosa y los versos prefería los versos, y entre éstos prefería los de amor, que aprendía
                    de  memoria  aun sin  proponérselo desde la segunda lectura, con tanta más facilidad
                    cuanto mejor rimados y medidos, y cuanto más desgarradores.
                          Esta fue la fuente original de las primeras cartas a Fermina Daza, en las cuales
                    aparecían parrafadas enteras sin cocinar de los románticos españoles, y lo fueron hasta
                    que  la  vida real lo obligó a  ocuparse de  asuntos  más  terrestres que los dolores del
                    corazón. Ya  para entonces  había dado un  paso más hacia los folletines  de lágrimas y
                    otras prosas aún  más profanas  de su  tiempo. Había aprendido a  llorar  con  su madre
                    leyendo a  los  poetas locales que se vendían en  plazas  y  portales en  folletos  de a dos
                    centavos.  Pero al mismo  tiempo era capaz de  recitar de  memoria la  poesía  castellana
                    más selecta del Siglo de Oro. En general leía todo lo que le cayera en las manos, y en el
                    orden en que le caía, hasta el extremo de que mucho después de aquellos duros años de
                    su primer amor, cuando ya no era joven, había de leer desde la primera página hasta la
                    última los veinte tomos del Tesoro de la Juventud, el catálogo completo de los clásicos
                    Carnier Hnos.,  traducidos,  y las obras más fáciles  que  publicaba don  Vicente  Blasco
                    Ibáñez en la colección Prometeo.
                          En todo caso, sus mocedades en el hotel de paso no se redujeron a la lectura y la
                    redacción de cartas febriles, sino que lo iniciaron en los secretos del amor sin amor. La
                    vida de la  casa  empezaba después del mediodía, cuando  sus amigas las pájaras se
                    levantaban como sus madres las parieron, de modo que cuando Florentino Ariza llegaba
                    del empleo se encontraba con un palacio poblado de ninfas en cueros, que comentaban a
                    gritos los secretos de  la ciudad, conocidos por las  infidencias de los propios

                                                                              Gabriel García Márquez  45
                                                                        El amor en los tiempos del cólera
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